domingo, 13 de mayo de 2012

NÁPOLES


La Campania es una entrañable  mezcla de belleza, descuido, suciedad y encanto. A lo largo de estos días que he recorrido sus carreteras, sus ciudades, sus museos y sus paisajes no he podido dejar de sentirme divertida, extasiada, escandalizada, asombrada o enternecida.
Ayer pasamos el día en la playa, en Massa Lubrense. El plan era ir a Sorrento donde tomaríamos el barco a Capri,  pero treinta kilómetros de retención para entrar en la ciudad nos disuadieron de la idea original. Es asombroso que en un pais como Italia, mucho más rico que España y con grandes infraestructuras en el norte y centro del país, haya al menos una provincia en la que el 80 % de sus carreteras sean de una sola vía sin arcén. Los peatones caminan  por el borde de la calzada, por el lado derecho, como si prefirieran no ver al coche que va a atropellarlos por la espalda y en cualquier recta, una vendeja, incita a los compradores a parar en medio del único carril, interrumpiendo el ya lento transcurrir del tráfico.
Al final,disfrutamos de preciosos paisajes, vistas espectaculares y una playa pequeña, llena de guijarros pulidos sobre los que era imposible caminar sin zapatos y en la que había que pagar. A pesar de eso, mis niñas se divirtieron mucho.
Hoy hemos ido a Nápoles la tercera ciudad de Italia después de Roma y Milán. Nuestro objetivo era el Museo Arqueológico Nacional, donde se atesoran las joyas encontradas en Pompeya y Herculano entre otras. También aspirábamos a poder ver al menos una panorámica de la ciudad.
La entrada fué bastante decepcionante ya que accedimos por un barrio de fealdad suprema. Supongo que equivocaríamos el camino porque era un barrio gris, de edificios destartalados y sucios, decorados con persianas desvencijadas y ropa multicolor colgada de ventanas y balcones. A lo lejos sin embargo, se divisaban altos rascacielos, brillantes al sol,que lanzaban destellos plateados. Sabíamos que en el centro de la ciudad se alojaba un casco antiguo considerado patrimonio de la humanidad y que bajo nuestros pies todo un universo de túneles, canales y grutas se ocultaba. A medida que nos adentrábamos en la ciudad pensaba que Nápoles se parecía a una ostra: debes abrir y eludir una fea concha para poder llegar a la resplandeciente  perla que se oculta en su interior. Pero a través de su fealdad, Nápoles nos otorgaba detalles bellos a medida que nos zambullíamos en ella.
Nos adentramos en la ciudad por una avenida de cuatro carriles, adoquinada, que al recorrerla te producía una extraña sensación: al deslizarte por su superficie te daba la impresión de te habías trasladado al interior de una batidora tal era el ruido que producían los neumáticos al pasar sobre ellos y el balanceo al que nos veíamos sometidos en el interior del coche; pero al fijarte en la superficie no podías dejas de admirar el dibujo que formaban los adoquines: arcos entrelazados con maestría como si el constructor hubiera desenterrado de sus genes el amor por los mosaicos de sus antepasados.
Bellos edificios tachonados de objetos discordantes o grises bloques humanizados por el color de la colada tendida al sol, se íban sucediendo mientras nos aproximábamos al centro.
Contínuamente los contrastes me golpeaban :
Junto a la estación, la Piazza Garibaldi es una plaza de grandes dimensiones a la que hay que recorrer como si de un laberinto se tratara siguiendo una vía oculta trazada entre altas vallas que tratan de ocultar una obra gigantesca. Es curioso que uno nunca piensa qué aspecto debe tener una obra, pero en este caso, los sentimientos de desorden, descoordinación y caos que despertaba eran abrumadores, y estaban unidos a  una sensación de permanencia, como si la obra llevara  una eternidad y fuera a permanecer allí todavía durante una buena temporada.
En un edificio, dos atlantes sostenían con todos sus músculos contraídos por el esfuerzo, un balcón gigantesco. Lo contorsionado de sus cuerpos reflejaba un esfuerzo titánico,  pero sus pechos estaban cubiertos de una capa de polvo tan espesa y de tanto tiempo, que los transformaban en  peludos varones de pelo en pecho, arrancándoles de golpe todo rasgo de divinidad.
Por todas partes se vislumbraban detalles bellos, deseosos de ser captados por una cámara,  pero siempre acompañados de una valla, un andamio, una tela, un montón de basura o una capa de polvo. Es como si los napolitanos quisieran compartir con los turistas tan sólo retazos de la belleza que alberga su ciudad y la ocultaran tras suciedad y desorden, pero seguros  de que éstos, seguirán llegando desde todas partes del mundo para echarle un vistazo a sus tesoros. Y es cierto, porque por nada del mundo me hubiera perdido la visita al Museo Arqueológico Nacional.


Al salir del museo tratamos de llegar al puerto para visitar los dos castillos, el Nuovo y el de Ovo, pero un nuevo atasco de hora y media nos quitó las ganas y enfilamos hacia Pimonte con tan sólo una larga mirada al Castel Nuovo mientras, atrapados en el coche, esperábamos a que la larga fila avanzara....









viernes, 4 de mayo de 2012

HERCULANO

Hoy he visitado Herculano, más pequeña que Pompeya pero con sus propios tesoros. A diferencia de Pompeya aún se encuentra en su mayor parte enterrada bajo la actual Ercolano.







 En ella he vuelto a ver  casas completas con sus dos plantas , con divanes, puertas o camas; Termas con sus piscinas, vestuarios y taquillas y no deja de asombrarme verlas dos mil años después de construidas.



Múltiples detalles sorprenden en cada esquina: un dibujo de un pájaro con todos sus detalles, un techo abovedado, una pared que conserva intactos sus colores, un pasillo con el suelo original, con miles de piezas de mosaicos.









 Me quedo con las ganas de ver la Villa de los Papiros, la casa del suegro de Julio Cesar donde se encontraron 58 estatuas de bronce y 24 de mármol que ahora pueblan el museo arqueológico nacional de Nápoles.  En su bliblioteca se encontraron más de 1800 papiros carbonizados por el volcán cuyos textos se han recuperado en parte gracias a la técnica actual.
 Un multimillonario norteamericano, John Paul Getty , tan fascinado como yo, pero con mucho mas dinero, basándose en los planos de la excavación y las descripciones hechas por Webber, reprodujo la Villa en la Playa de Malibú con todos sus detalles...



¡Quién tuviera un chalecito asi...!

Después de comer vamos a visitar Sorrento. Nefasta decisión: hora y media para recorrer 15 kilometros. Pasamos el tiempo disfrutando de las vistas. Sorrento es una ciudad bonita y cuidada para lo que se estila en la Campania, pero con el mismo caos circulatorio.Volvemos a casa disfrutando de la puesta de sol sobre el Vesuvio.





sábado, 28 de abril de 2012









AMALFI
Hoy decidimos recorrer la Vía Amalfitana. Son los 19 kilómetros que separan Amalfi de Positano  y que son Patrimonio de la Humanidad… ¡como privarnos de esa maravilla!
Elegimos la ruta de la montaña, más corta y con seguridad, más interesante. Las montañas de esta zona tienen un curioso aspecto, como si una mano gigante hubiera tomado sus faldas y apretado hasta arrugarlas, formando pliegues verticales, profundas grietas que se tapizan de una vegetación tan espesa que parece musgo. Los árboles que cubren la montaña tienen el verde brillante de las hojas recién estrenadas y se funden con las pinceladas de color de las flores primaverales.
Sin prisas y ansiosos de disfrutar del paisaje, iniciamos el ascenso de las montañas. Atravesamos varios pueblos, de tráfico caótico, sin mayores sobresaltos. Cuando llegamos a la cima un paisaje sobrecogedor nos golpeó dejando todos nuestros sentidos atrapados: un azul infinito se extendía ante nosotros,  el turquesa del cielo pintaba su línea en contraste con el zafiro del mar. El sol derramaba destellos de oro sobre toda la superficie y el verde de la costa se sumergía  a veces en forma de acantilado, de forma abrupta, bruscamente, y otras  como una lengua, suave y lánguidamente… Pequeñas islas rompían en algunos puntos la infinita calma del mar. Una brisa fresca nos acariciaba y una mezcla de olores a mar y flores llegaba hasta nosotros. ¡ El placer del Paraíso debe ser algo parecido  a esto…!



Comenzamos el descenso extasiados y a los cinco minutos estábamos sobrecogidos pero no por la belleza del lugar…¡sino por el peligro de la carretera!  Imaginad una S interminable, con vueltas y vueltas, a la que presionáramos en vertical acercándolas tanto que los tramos entre vueltas se hacen paralelos. Al entrar en cada curva nos esperaba una sorpresa…un coche a toda velocidad invadiendo parte de la calzada…un autobús cargado de turistas que apenas podía tomar la curva sin echarnos fuera…un camión cargado de productos tóxicos que nos obligó a parar y cederle el paso …y otro camión,  y otro y otro…También atravesábamos pueblecitos cargados de encanto pero llenos de coches mal aparcados y de … motoristas suicidas. ¡De lo más emocionante! Cuando llegamos a la Vía Amalfitana la adrenalina corría a raudales por nuestras venas y hacía los colores más intensos y más dulce el olor del mar.




Amalfi es un pueblecito lleno de color, con una bella Catedral que lo domina todo desde su altura. Bullía de turistas. Dimos un paseo y nos tomamos un rico helado artesanal…













Amalfi, Atrani, Conca de Marini, Praiano y…Positano todos pasaron ante nuestros ojos unos colgados de la roca y otros tapizando colinas que lamían el mar pero todos recortando su silueta contra el azul inmenso. Quedan grabadas en mi retina las cúpulas coloridas de las iglesias, el blanco, rosa  y crema de las casas impresas sobre el verde de las montañas y el oro infinito del sol en el horizonte.








Positano está enclavado en una ladera de la montaña enseñando su bella cara al mar.Recorrimos sus calles retorcidas e inclinadas, y sus escaleras...en busca de la playa. Como  buen pueblo de costa, sus calles están llenas de tiendas coloridas y pérgolas de madera cubiertas de enredaderas las inundan de frescor y aroma a flores.


Hoy le he dado un festín a mis sentidos...



jueves, 26 de abril de 2012

POMPEYA

Nada de lo que había visto o escuchado sobre Pompeya  me había preparado para el impacto que he sentido al conocerla. No podía imaginar toda una ciudad, de miles de habitantes cada uno con su casa, miles de casas alineadas en calles con su calzada de gigantescas piedras, piedras heridas y marcadas por el paso de cientos de carros, con sus aceras elevadas y sus pasos de peatones.
Caminaba por sus calles mirando de reojo decenas de casas anónimas, en busca de los templos, llenos de altares, estatuas y símbolos; de las mansiones de los ciudadanos ricos, con sus columnas, sus jardines, sus estucos y sus frescos; del gigantesco Foro, con sus arcos de triunfo y sus edificios oficiales; de los teatros grandiosos y de acústica impecable; de la inmensa Palestra, del anfiteatro... 




A medida que caminaba y caminaba y veía lo inimaginable, me iban invadiendo sentimientos encontrados.
 Por una parte me sentía maravillada, como si de golpe me hubiera trasladado al cuento de la bella durmiente y entrara en un castillo dormido durante dos mil años. Ver el horno de la tahona, el mostrador de la taberna, los grafitis de las paredes, las tinajas, las mesas de los jardines, las pinturas de los salones, los decorados de las columnas, las camas de los prostíbulos y los dibujos eróticos que veían los clientes, las letrinas, los fogones…y los rostros de los antiguos moradores de la ciudad...algunos contorsionados, otros sonrientes, pero con sus rasgos marcados: sus narices aguileñas o sus prognatismos mandibulares; unos delgados, casi caquécticos, otros musculosos...



Por otro lado me invadían sentimientos de impotencia y de estafa. Me sentía impotente porque no podía abarcar todo lo que la ciudad mostraba y porque jamás vería lo que no mostraba y que se perdería para siempre. Me resultaba doloroso ver como piezas y edificios que en cualquier país del mundo estarían en museos con todas las medidas de seguridad aquí estaban sin protección: mosaicos desgranados cuyas teselas estaban al alcance de cualquiera que quisiera un souvenir de hace 2000 años, pinturas sometidas al contínuo bombardeo de los flashes, relieves de cornisas y columnas medio enterrados y sometido a la intemperie…Es como una maldición: tener un tesoro tan grande que no puedas protegerlo de los ladrones…
Me sentía estafada porque nada de lo que había ido a visitar durante años se aproximaba siquiera a la maravilla que supone Pompeya. He recorrido la ciudad como si de una actual se tratase y sé llegar desde la Puerta Marina, antes al borde del mar, hasta el templo de Apolo o al de Isis, sé ir al Foro, a las termas o a visitar a Menandro, sé ir a la panadería, al prostíbulo o al cementerio…y ¿cuantos lugares hay en el mundo como éste, en que el tiempo ha pasado sin dañar? El volcán destruyó, pero evitó otra  destrucción, la provocada por la incultura, el expolio y las guerras. Extendió un manto protector sobre edificios y enseres y nos dejó un retrato de costumbres y personas. 



                                        Aunque sólo sea por eso GRACIAS VESUVIO.







VIAJE A NÁPOLES 24 DE ABRIL A 1 DE MAYO DE 2012

VIAJANDO


Con el corazón acelerado inicio el martes 24 mi viaje a la Campania, provincia italiana donde residen mis objetivos: Pompeya, Herculano, La Via Amalfitana, Nápoles, Sorrento...Llevo mi maleta llena de planes, mi imaginación llena de visiones de paisajes absorbidos en internet, de parajes idealizados a partir de fotos...Siempre me ha asombrado cómo una imagen es capaz de despertar en mí el anhelo de viajar y cómo hasta que llego al lugar, aspiro su aliento, me sumerjo en sus sonidos, me impregno de sus detalles...no cede ese deseo.
Vuelo de Sevilla a Barcelona y tras un par de horas de espera...a Nápoles. Mis niñas no han sido muy latosas, por lo que desembarcamos de buen humor. Tras recoger el coche de alquiler...partimos hacia Pimonte. Es un pueblecito sin más mérito que el de estar en el centro de la península Sorrentina .He alquilado un piso con tres dormitorios en una casa con jardín privado, fundamental para que mi chiquita pueda retozar sin peligro. Me siento aliviada porque todas las reservas hechas desde hace meses por internet han funcionado.
Pasamos la tarde explorando el lugar, aprovisionando la despensa, organizando la casa...Mañana iremos a Pompeya.

domingo, 9 de mayo de 2010

PORTUGAL

Con 15 años y con el primer sueldo que cobré por ayudar en un comedor escolar, me compré una Bicicleta de paseo, BH, con un manillar curvo y grandes ruedas. Aún recuerdo el placer que me inundó cuando salí de la tienda con el manillar entre mis manos y el suave arrullo del piñón nuevo al rodar. A partir de ese momento se convirtió en mi medio de  transporte , me llevaba al instituto, me acercaba al lugar  de las citas y me trasladaba a casa, tarde en la noche, cuando volvía de  las fiestas del Instituto San Isidoro. Nunca tuve problemas y me permitió una libertad de movimientos poco habitual a esa edad. Mi bicicleta me acompañó durante años hasta que, ya en la facultad se la regalé a mi hermana y la sustituí por una Yamaha 600. Traición imperdonable, pero comprensible. Me arrepentí durante mucho tiempo de haberla regalado.
Así pues, con el entrenamiento de años a la espalda,
no dudé en embarcarme en un viaje en bicicleta de Sevilla a Lisboa.
 Era 14 de julio, acababa de cumplir 21 años y mi novio se había ido el día anterior a la obligada mili. Un año de separación que se me presentaba insufrible y la sensación de opresión y de peligro ante la situación, amenazaban con ahogarme. La propuesta de mi amiga fue una tabla de salvación en el desolado océano afectivo que se había abierto ante mí. Como siempre, un viaje y una aventura, me inyectaron la alegría necesaria para encarar la separación con optimismo. Me zambullí de lleno en los preparativos, fuí al banco a sacar el dinero ahorrado, le coloqué un transportín a la bicicleta de carreras que me había prestado mi hermano y me apañé unas alforjas para poder llevar la ropa y los enseres imprescindibles.
El dia 16 de Julio a las 8 de la mañana partimos desde el punto de encuentro en la estación de Córdoba. Éramos seis, cuatro chavales a los que no conocía más que de vista, mi amiga Susi, que salía con uno de ellos y yo. El objetivo era recorrer 80 kilómetros diarios en el menor tiempo posible y pasar el resto del día descansando y haciendo turismo.

El primer día fue horrible, teníamos que llegar a Higuera de la Sierra y todo eran cuestas. Jamás me olvidaré de  ese día . Eran las tres de la tarde y con un calor de muerte y a pleno sol, nos tocó subir la peor parte del camino, por supuesto a pie y tirando de la bicicleta cuesta arriba. El campo estaba muy seco y escaseaban las sombras donde pararse a descansar y... el agua estaba tan caliente que era imposible beberla. Fue tan horrible que me arrepentí de haber ido y estaba planteándome el volver. Los demás no iban mejor y cuando llegamos a Higuera estábamos asfixiados. Nos dimos una comilona y estuvimos tres horas sentados recuperando fuerzas. Sentía  que el corazón  se me salía del pecho y a las dos horas aún tenía 98 pulsaciones por minuto.Tras la pausa continuamos hasta Aracena, el paisaje se suavizó, se volvió mas verde, el aire más húmedo y no había que subir tantas cuestas.Llegamos volando pero muertos de cansancio. Bebimos hasta hartamos, comimos y, ya repuestos y tras montar las tiendas de campaña, nos fuimos a recorrer Aracena. Me gustó mucho pero era tarde y me quedé con las ganas de ver la Gruta de las Maravillas. Por la noche, en una cafetería, hablamos largamente hasta la hora de dormir, ellos más que yo,que observaba más que hablaba: me gustaban, eran chavales abiertos y con ganas de compartir pero chocaban de frente con mi reserva y esto provocó ciertos roces a lo largo del viaje.

El día siguiente fue maravilloso y compensó los sinsabores del día anterior: todo era cuesta abajo y el aire,fresco y lleno de aroma a campo, acariciaba mi rostro cuando descendía a toda velocidad. El pecho se me expadía tratando de retener el aire y una sensación de felicidad me inundaba cuando sentía mi  cuerpo responder al esfuerzo. Debían de ser las endorfinas que el ejercicio había volcado en grandes cantidades por mi torrente sanguíneo. En hora y media habíamos hecho 50 kilómetros y tan sólo nos quedaban 10 para llegar a la frontera.
El viaje tenía también pequeños sinsabores: el sillín de la bici era duro y a los dos días el trasero me dolía horrores, lo mismo que las agujetas: ningún entrenamiento previo podía evitar eso. Me sentía sucia, no abundaban los campings, los lagos, los ríos, ni las piscinas, así que nuestra higiene se limitaba al cambio de ropa y al lavado que puedes hacerte en el servicio de una cafetería. Además, corríamos tanto que la belleza de campos y pueblos pasaba como una película ante nosotros, pero tan rápida que apenas la disfrutabas un segundo y ya había desaparecido.

A veces, cuando parábamos a descansar, conseguía cazar retazos de esa belleza y la atrapaba en las cartas que le escribía a mi Amor, prisionero en un cuartel y del que no tenía noticias. Recuerdo una parada a la sombra de un olivo, un árbol viejo y retorcido que se inclinaba hacia abajo cobijándonos entre sus ramas. Sus raices eran gruesas y sobresalían de la tierra y entre ellas nos tumbamos a escuchar a Simon and Garfunkel. Unas hormigas molestas se empeñaban en ascender por mis brazos y piernas hasta el papel en que escribía y mis soplidos las apartaban sólo el tiempo que tardaban en subir de nuevo. Las chicharras nos acompañaban con su canto monótono hasta que, sin razón aparente, callaban, dejando tras de sí una sensación súbita de paz.
Esa noche llegamos a Torräo y acampamos a las afueras del pueblo, al borde de un lago. Encendimos una hoguera y en torno a ella  analizamos los sucesos del día, los planes para el día siguiente y el carácter y las relaciones interpersonales en el grupo. Todos me acusaban de estar distante...de no integrarme, pero mi razonamiento era que yo no podía hacer amigos en tan sólo tres días. Los pobres tenían razón, era tímida, desconfiada, distante y además, abstraida en mis pensamientos, no mostraba interés por formar parte del grupo.Y lo malo es que creía que me daba igual.
Por la mañana fuimos a un taller a que nos arreglaran los radios de las bicis y emprendimos el camino hacia Lisboa a la 6 de la tarde.

lunes, 8 de marzo de 2010

GALICIA

Una de las ventajas de ser estudiante es la de disponer de dos maravillosos meses de vacaciones aunque, entre las desventajas y uno de los mayores sacrificios de esa época estaba  el tener que renunciar a esas maravillosas tardes de primavera ,en las que el aire venía cargado de esencias de azahar y las golondrinas llenaban  mis oídos con los sonidos de sus graznidos mientras las observaba danzar en el aire, sintiendo en mi ánimo la efervescencia bulliciosa de la gente que disfrutaba en la plaza a la que se asomaba mi ventana. En esos momentos odiaba ser estudiante y haciendo un esfuerzo titánico conseguía anclarme a la silla y controlar la tentación de zambullirme en la tarde gloriosa , dejando aparcado el inminente examen. Pero las vacaciones  eso sí, eran largas y llenas de aventuras.

Tras la experiencia del Chorro que nos supo a poco, un grupo de insaciables decidimos organizar un viaje a Galicia en autostop. La idea era ir en tren hasta Zamora y a partir de allí hacer autostop y senderismo y recorrer Galicia. Al principio éramos unos diez, pero poco a poco la cifra iba mermando, unos por falta de dinero y otros por falta de permisos paternos, al final sólo quedamos cuatro, dos chavales, Susi mi inseparable amiga y yo. Así que, cargada con 25 kilos en la mochila, unas chirucas recién compradas y grandes espectativas, emprendí mi viaje a Galicia. Cuando llegamos a El Lago de Sanabria después de largas caminatas ya odiaba las botas y las latas que llevaba a la espalda, pero me encantaban los paisajes y la novedad constante. Fue un viaje largo, del 16 de Julio al 12 de septiembre pero la eterna lluvia de Galicia no se ensañó con nosotros.Tras pasar unos días acampados junto al lago, bañándonos, montados en hidropedales o tumbados al sol y ya recuperados de las primeras caminatas desde Zamora y la Puebla de Sanabria, iniciamos el ascenso, por una escalera de grapas en la roca,  en busca del Cabeza de Manzaneda, el pico más alto de la zona. Hay dos situaciones de las que disfruté en ese viaje y que se han perdido para siempre: una, el hacer autostop con sensación de seguridad, sensación se perdió en este pais tras el asesinato de las niñas de Alcasser y la otra, la posibilidad de acampar allí donde cogiera el ocaso, fuera en montañas, prados o playas, o junto a lagunas , ríos o manantiales ,privilegio que pasó a la historia con la popularización del senderismo y la creación de espacios protegidos. Con nuestro mapa en ristre,  pateamos la sierra de Orense buscando su cima y durante dos días anduvimos perdidos entre pastos húmedos y roquedos castigados por el viento. El tercer día, la lluvia que hasta entonces había sido bondadosa con nosotros, desató su furia en medio de un páramo donde un pastor cuidaba de sus ovejas.

Muy amablemente nos indicó la ruta a seguir para encontrarnos de nuevo con la civilización y para llegar a un refugio que usaban los pastores de la zona y donde podíamos pasar la noche que se adivinaba húmeda. Después de días durmiendo sobre el aislante y el saco de dormir, la gran cama del refugio nos supo a gloria y por fin,  después de tres días, disfrutamos de un buen fuego y una comida caliente. A la mañana siguiente vislumbramos retazos  de civilización , un pastor con su rebaño de cabras... vacas pastando en verdes prados... una anciana vestida de negro con su pañuelo en la cabeza y cargada con un hatillo de leña...Eran reductos de una Galicia profunda que me encantó conocer  y que están condenados a desaparecer. La anciana, que debía de hablar un gallego cerrado que no había quien entendiera, nos indicó cómo llegar a la aldea más cercana, que estaba en fiestas y donde resultamos ser los primeros forasteros que aparecían en meses .

Los días pasaban con su dulce cadencia, nos levantábamos y tras desayunar recogíamos las tiendas, llenábamos las mochilas  y salíamos a descubrir el mundo siguiendo los planes trazados la noche anterior. Hacíamos autostop de dos en dos y quedábamos citados en el siguiente punto, un pueblo, ciudad o sendero. Tras reencontarnos comentábamos con animación las conversaciones mantenidas con el conductor de turno y visitábamos el nuevo pueblo, donde nos reaproviosinábamos, o cogíamos el sendero hacia el siguiente punto. Viana do Bolo, Puebla de Trives, Fonmiña, Santiago de Compostela, O Grove, Vigo y Tuy fueron hitos en nuestro viaje. Por senderos, caminos o carreteras, a pie, en coche o en barco, fuimos disfrutando de sus paisajes, conociendo sus pueblos, sus monumentos, su gente. Al atardecer buscábamos un camping, un prado o un huerto en el que montar las tiendas. Siempre contamos con la amabilidad de los gallegos que incluso,  en ocasiones,  nos invitaban a cenar en su casa. Aún recuerdo una cocina grande, cálida y acogedora, con su horno de leña y el olor a comida y  hierbas aromáticas y la música de la charla de nuestros anfitriones que se interesaban por nuestras correrías y nos ilustraban sobre sus costumbres y gastronomía.

Permanece   entre mis recuerdos una noche de lluvia en que nos ofrecieron un granero para dormir. Nos pareció de lo más bucólico y  estábamos    entusiasmados por dormir en el heno. Tras acostarnos cómodamente entre el heno, con su aroma llenándolo todo, a salvo de la lluvia que rugía fuera, nos dispusimos a dormir. Al ratito un cosquilleo progresivo se iba expendiendo por cuello, brazos, piernas....¡el maravilloso heno estaba lleno de ácaros y todo tipo de bichos que corrían libremente por nuestra piel!.Eso le quitó la mayor parte de su encanto.

Aunque no he vuelto nunca a Galicia mantengo un recuerdo nítido de sus bosques, de sus prados húmedos, del color intenso del cielo en las puestas de sol y de la belleza del mar en las Rías y, sobre todo, recuerdo
el placer de descubrir en cada recodo un paisaje inédito, la alegría de decidir mi destino cada día y la satisfacción de haber logrado arrancarle momentos maravillosos a la monotonía.