Una de las ventajas de ser estudiante es la de disponer de dos maravillosos meses de vacaciones aunque, entre las desventajas y uno de los mayores sacrificios de esa época estaba el tener que renunciar a esas maravillosas tardes de primavera ,en las que el aire venía cargado de esencias de azahar y las golondrinas llenaban mis oídos con los sonidos de sus graznidos mientras las observaba danzar en el aire, sintiendo en mi ánimo la efervescencia bulliciosa de la gente que disfrutaba en la plaza a la que se asomaba mi ventana. En esos momentos odiaba ser estudiante y haciendo un esfuerzo titánico conseguía anclarme a la silla y controlar la tentación de zambullirme en la tarde gloriosa , dejando aparcado el inminente examen. Pero las vacaciones eso sí, eran largas y llenas de aventuras.
Tras la experiencia del Chorro que nos supo a poco, un grupo de insaciables decidimos organizar un viaje a Galicia en autostop. La idea era ir en tren hasta Zamora y a partir de allí hacer autostop y senderismo y recorrer Galicia. Al principio éramos unos diez, pero poco a poco la cifra iba mermando, unos por falta de dinero y otros por falta de permisos paternos, al final sólo quedamos cuatro, dos chavales, Susi mi inseparable amiga y yo. Así que, cargada con 25 kilos en la mochila, unas chirucas recién compradas y grandes espectativas, emprendí mi viaje a Galicia. Cuando llegamos a El Lago de Sanabria después de largas caminatas ya odiaba las botas y las latas que llevaba a la espalda, pero me encantaban los paisajes y la novedad constante. Fue un viaje largo, del 16 de Julio al 12 de septiembre pero la eterna lluvia de Galicia no se ensañó con nosotros.Tras pasar unos días acampados junto al lago, bañándonos, montados en hidropedales o tumbados al sol y ya recuperados de las primeras caminatas desde Zamora y la Puebla de Sanabria, iniciamos el ascenso, por una escalera de grapas en la roca, en busca del Cabeza de Manzaneda, el pico más alto de la zona. Hay dos situaciones de las que disfruté en ese viaje y que se han perdido para siempre: una, el hacer autostop con sensación de seguridad, sensación se perdió en este pais tras el asesinato de las niñas de Alcasser y la otra, la posibilidad de acampar allí donde cogiera el ocaso, fuera en montañas, prados o playas, o junto a lagunas , ríos o manantiales ,privilegio que pasó a la historia con la popularización del senderismo y la creación de espacios protegidos. Con nuestro mapa en ristre, pateamos la sierra de Orense buscando su cima y durante dos días anduvimos perdidos entre pastos húmedos y roquedos castigados por el viento. El tercer día, la lluvia que hasta entonces había sido bondadosa con nosotros, desató su furia en medio de un páramo donde un pastor cuidaba de sus ovejas.
Muy amablemente nos indicó la ruta a seguir para encontrarnos de nuevo con la civilización y para llegar a un refugio que usaban los pastores de la zona y donde podíamos pasar la noche que se adivinaba húmeda. Después de días durmiendo sobre el aislante y el saco de dormir, la gran cama del refugio nos supo a gloria y por fin, después de tres días, disfrutamos de un buen fuego y una comida caliente. A la mañana siguiente vislumbramos retazos de civilización , un pastor con su rebaño de cabras... vacas pastando en verdes prados... una anciana vestida de negro con su pañuelo en la cabeza y cargada con un hatillo de leña...Eran reductos de una Galicia profunda que me encantó conocer y que están condenados a desaparecer. La anciana, que debía de hablar un gallego cerrado que no había quien entendiera, nos indicó cómo llegar a la aldea más cercana, que estaba en fiestas y donde resultamos ser los primeros forasteros que aparecían en meses .
Los días pasaban con su dulce cadencia, nos levantábamos y tras desayunar recogíamos las tiendas, llenábamos las mochilas y salíamos a descubrir el mundo siguiendo los planes trazados la noche anterior. Hacíamos autostop de dos en dos y quedábamos citados en el siguiente punto, un pueblo, ciudad o sendero. Tras reencontarnos comentábamos con animación las conversaciones mantenidas con el conductor de turno y visitábamos el nuevo pueblo, donde nos reaproviosinábamos, o cogíamos el sendero hacia el siguiente punto. Viana do Bolo, Puebla de Trives, Fonmiña, Santiago de Compostela, O Grove, Vigo y Tuy fueron hitos en nuestro viaje. Por senderos, caminos o carreteras, a pie, en coche o en barco, fuimos disfrutando de sus paisajes, conociendo sus pueblos, sus monumentos, su gente. Al atardecer buscábamos un camping, un prado o un huerto en el que montar las tiendas. Siempre contamos con la amabilidad de los gallegos que incluso, en ocasiones, nos invitaban a cenar en su casa. Aún recuerdo una cocina grande, cálida y acogedora, con su horno de leña y el olor a comida y hierbas aromáticas y la música de la charla de nuestros anfitriones que se interesaban por nuestras correrías y nos ilustraban sobre sus costumbres y gastronomía.
Permanece entre mis recuerdos una noche de lluvia en que nos ofrecieron un granero para dormir. Nos pareció de lo más bucólico y estábamos entusiasmados por dormir en el heno. Tras acostarnos cómodamente entre el heno, con su aroma llenándolo todo, a salvo de la lluvia que rugía fuera, nos dispusimos a dormir. Al ratito un cosquilleo progresivo se iba expendiendo por cuello, brazos, piernas....¡el maravilloso heno estaba lleno de ácaros y todo tipo de bichos que corrían libremente por nuestra piel!.Eso le quitó la mayor parte de su encanto.
Aunque no he vuelto nunca a Galicia mantengo un recuerdo nítido de sus bosques, de sus prados húmedos, del color intenso del cielo en las puestas de sol y de la belleza del mar en las Rías y, sobre todo, recuerdo
el placer de descubrir en cada recodo un paisaje inédito, la alegría de decidir mi destino cada día y la satisfacción de haber logrado arrancarle momentos maravillosos a la monotonía.
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Me has trasladado a ese espacio y a ese tiempo con tu maravillosa descripción. Enhorabuena, señora escritora...
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