jueves, 26 de abril de 2012

POMPEYA

Nada de lo que había visto o escuchado sobre Pompeya  me había preparado para el impacto que he sentido al conocerla. No podía imaginar toda una ciudad, de miles de habitantes cada uno con su casa, miles de casas alineadas en calles con su calzada de gigantescas piedras, piedras heridas y marcadas por el paso de cientos de carros, con sus aceras elevadas y sus pasos de peatones.
Caminaba por sus calles mirando de reojo decenas de casas anónimas, en busca de los templos, llenos de altares, estatuas y símbolos; de las mansiones de los ciudadanos ricos, con sus columnas, sus jardines, sus estucos y sus frescos; del gigantesco Foro, con sus arcos de triunfo y sus edificios oficiales; de los teatros grandiosos y de acústica impecable; de la inmensa Palestra, del anfiteatro... 




A medida que caminaba y caminaba y veía lo inimaginable, me iban invadiendo sentimientos encontrados.
 Por una parte me sentía maravillada, como si de golpe me hubiera trasladado al cuento de la bella durmiente y entrara en un castillo dormido durante dos mil años. Ver el horno de la tahona, el mostrador de la taberna, los grafitis de las paredes, las tinajas, las mesas de los jardines, las pinturas de los salones, los decorados de las columnas, las camas de los prostíbulos y los dibujos eróticos que veían los clientes, las letrinas, los fogones…y los rostros de los antiguos moradores de la ciudad...algunos contorsionados, otros sonrientes, pero con sus rasgos marcados: sus narices aguileñas o sus prognatismos mandibulares; unos delgados, casi caquécticos, otros musculosos...



Por otro lado me invadían sentimientos de impotencia y de estafa. Me sentía impotente porque no podía abarcar todo lo que la ciudad mostraba y porque jamás vería lo que no mostraba y que se perdería para siempre. Me resultaba doloroso ver como piezas y edificios que en cualquier país del mundo estarían en museos con todas las medidas de seguridad aquí estaban sin protección: mosaicos desgranados cuyas teselas estaban al alcance de cualquiera que quisiera un souvenir de hace 2000 años, pinturas sometidas al contínuo bombardeo de los flashes, relieves de cornisas y columnas medio enterrados y sometido a la intemperie…Es como una maldición: tener un tesoro tan grande que no puedas protegerlo de los ladrones…
Me sentía estafada porque nada de lo que había ido a visitar durante años se aproximaba siquiera a la maravilla que supone Pompeya. He recorrido la ciudad como si de una actual se tratase y sé llegar desde la Puerta Marina, antes al borde del mar, hasta el templo de Apolo o al de Isis, sé ir al Foro, a las termas o a visitar a Menandro, sé ir a la panadería, al prostíbulo o al cementerio…y ¿cuantos lugares hay en el mundo como éste, en que el tiempo ha pasado sin dañar? El volcán destruyó, pero evitó otra  destrucción, la provocada por la incultura, el expolio y las guerras. Extendió un manto protector sobre edificios y enseres y nos dejó un retrato de costumbres y personas. 



                                        Aunque sólo sea por eso GRACIAS VESUVIO.







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