Nada de lo que había visto o escuchado sobre Pompeya
me había preparado para el impacto que he sentido al conocerla. No podía
imaginar toda una ciudad, de miles de habitantes cada uno con su casa, miles
de casas alineadas en calles con su calzada de gigantescas piedras, piedras heridas y marcadas por el paso de cientos de carros, con sus
aceras elevadas y sus pasos de peatones.
Caminaba por sus calles mirando de reojo decenas de casas
anónimas, en busca de los templos, llenos de altares, estatuas y símbolos; de
las mansiones de los ciudadanos ricos, con sus columnas, sus jardines, sus estucos
y sus frescos; del gigantesco Foro, con sus arcos de triunfo y sus edificios
oficiales; de los teatros grandiosos y de acústica impecable; de la inmensa
Palestra, del anfiteatro...
A medida que caminaba y caminaba y veía lo
inimaginable, me iban invadiendo sentimientos encontrados.
Por una parte me sentía
maravillada, como si de golpe me hubiera trasladado al cuento de la bella
durmiente y entrara en un castillo dormido durante dos mil años. Ver el horno
de la tahona, el mostrador de la taberna, los grafitis de las paredes, las
tinajas, las mesas de los jardines, las pinturas de los salones, los decorados
de las columnas, las camas de los prostíbulos y los dibujos eróticos que veían
los clientes, las letrinas, los fogones…y los rostros de los antiguos moradores
de la ciudad...algunos contorsionados, otros sonrientes, pero con sus rasgos marcados: sus
narices aguileñas o sus prognatismos mandibulares; unos delgados, casi caquécticos,
otros musculosos...
Me sentía estafada porque nada de lo que había ido a visitar
durante años se aproximaba siquiera a la maravilla que supone Pompeya. He recorrido
la ciudad como si de una actual se tratase y sé llegar desde la Puerta Marina,
antes al borde del mar, hasta el templo de Apolo o al de Isis, sé ir al Foro, a
las termas o a visitar a Menandro, sé ir a la panadería, al prostíbulo o al
cementerio…y ¿cuantos lugares hay en el mundo como éste, en que el tiempo ha pasado sin dañar?
El volcán destruyó, pero evitó otra destrucción, la provocada por la incultura, el expolio y las
guerras. Extendió un manto protector sobre edificios y enseres y nos dejó un
retrato de costumbres y personas.
Aunque sólo sea por eso GRACIAS VESUVIO.

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