Recuerdo esa época como una montaña rusa interminable en la que un día estaba en el cielo y al día siguiente en el suelo y siempre acompañada de una sensación de vértigo. El proceso, aunque doloroso sirvió para hacerme más fuerte aunque por nada del mundo quisiera vivirlo de nuevo. Sin embargo fue en esa época cuando descubrí en mí una afición intensa por el senderismo y la acampada y un amor por la Sierra que nunca me ha despertado el Mar. El tumbarme al pie de un árbol y observar el hipnótico movimiento de sus ramas, escuchar el canto de los pájaros o admirar las estrellas en la noche fueron placeres que le arranqué a las acampadas de entonces.
Con 18 años recién cumplidos, con cientos de consejos de mis padres y una mochila, me subí a un tren rumbo a León. Iba sola porque allí, en un pueblecito minúsculo, íba a encontrarme con una amiga que pasaba allí sus vacaciones. Después se nos unirían su hermano y un amigo de éste para llevarnos a Asturias y hacer la ruta del Cares.
De esa experiencia aprendí dos lecciones inolvidables: que siempre es preferible llevar abrigo de más que de menos y que hay que elegir con cuidado a los compañeros de viaje o éste puede hacérsete insufrible.
No recuerdo haber pasado más frío en toda mi vida: acampada sola en un prado en los alrededores del pueblo, metida en el saco con toda la ropa que llevaba, puesta y sintiendo el aire colarse por cada resquicio de la tienda...Yo, ignorante de mi, viniendo de una Sevilla a 40º C no podía imaginar que en León me haría falta un anorak de plumas...Sin embargo nunca podré olvidar la lluvia de estrellas en la noche de San Lorenzo , el olor a hierba húmeda o el sonido del ganado moviéndose en la noche...
Después llegó Juanillo con su tienda y además de compañía me prestó un jersey de lana por el que le estoy eternamente agradecida.
Una vez reunidos los cuatro, nos montamos en el coche y emprendimos rumbo a Asturias y ahí comenzó mi suplicio. El hermano de mi amiga era el único "macho" en una familia de cuatro y se creía el gallo del gallinero. Yo me había criado entre hermanos, con tres mayores que yo y uno más pequeño antes de que naciera mi primera hermana, tenía experiencia en la lucha por la supervivencia entre hombres. La batalla estaba servida. Todavía recuerdo con repulsión su aire de superioridad, su intento de dirigir mi vida y de tomar mis decisiones. Fué mi primer contacto auténtico con el machismo, pero yo estaba vacunada gracias al respeto y la consideración que mi padre siempre nos había otorgado a mis hermanas y a mí. El viaje fue una sucesión interminable de discusiones que sirvieron para afilar mis uñas dialécticas y para desarrollar en mí una fobia aguda hacia todo hombre con galones de "machito".
A pesar de todo, el paisaje era de ensueño y el llegar a Caín ,tras andar toda la ruta del rio Cares, fue un climax inimaginable. En ese tiempo Caín todavía era un pueblo aislado, solo había una vía de entrada, un bar y una tienda. Acampamos en un huerto y nos extasiamos con las montañas y las nubes cambiantes. El resto del viaje permanece como una nebulosa en mi recuerdo no sé si porque ya nada de lo que vi superó a lo antes visto o porque la tortura a la que me sometió la compañía provocó un bloqueo en mis recuerdos. Pero a pesar de todo, siguió siendo un viaje inolvidable.



