jueves, 28 de enero de 2010

LA MONTAÑA RUSA

La adolescencia es una edad difícil. Es una época de sufrimiento y descubrimiento. El sufrimiento  de pasar por una trituradora  todo, nuestra imagen infantil del mundo y de nuestras habilidades ante él; la idolatría hacia nuestros padres y su infalibilidad ; la aceptación de nuestro cuerpo, de su belleza o carencia de ella; la relación con los amigos y las amigas....Tras ese proceso vamos construyéndonos de nuevo como un mosaico ,con las teselas de nuestras  habilidades rescatadas ,de nuestras virtudes reconocidas , de nuestras capacidades  constatadas y con las de nuestros defectos, los superados y los insuperables y  con las de nuestras carencias, reemplazables o inalcanzables ...Después comienza el descubrimiento, nos toca mirar el mosaico creado, familiarizarnos con él, aceptar el conjunto y las partes... y acabar amándolo y gustándonos como adultos.
Recuerdo esa época como una montaña rusa interminable en la que un día estaba en el cielo y al día siguiente en el suelo y siempre acompañada de una sensación de vértigo. El proceso, aunque doloroso sirvió para hacerme más fuerte aunque por nada del mundo quisiera vivirlo de nuevo. Sin embargo fue en esa época cuando descubrí en mí una afición intensa por el senderismo y la acampada y un amor por la Sierra que nunca  me ha despertado el Mar. El tumbarme al pie de un árbol y observar el hipnótico movimiento de sus ramas, escuchar el canto de los pájaros o admirar las estrellas en  la noche fueron placeres que le arranqué a las acampadas de entonces.

Con 18 años recién cumplidos, con cientos de consejos de mis padres  y una mochila, me subí a un tren rumbo a León. Iba sola porque allí, en un pueblecito minúsculo, íba a encontrarme con una amiga que pasaba allí sus vacaciones. Después se nos unirían su hermano y un amigo de éste para llevarnos a Asturias y hacer la ruta del Cares.
De esa experiencia aprendí dos lecciones inolvidables: que siempre es preferible llevar abrigo de más que de menos y que hay que elegir con cuidado a los compañeros de viaje o éste puede hacérsete insufrible.
No recuerdo haber pasado más frío en toda mi vida: acampada sola en un prado en los alrededores del pueblo, metida en el saco con toda la ropa que llevaba, puesta y sintiendo el aire colarse por cada resquicio de la tienda...Yo, ignorante de mi, viniendo de una Sevilla a 40º C no podía imaginar que en León me haría falta un anorak de plumas...Sin embargo nunca podré olvidar la lluvia de estrellas en la noche de San Lorenzo , el olor a hierba húmeda o el sonido del ganado moviéndose en la noche...
Después llegó Juanillo con su tienda y además de compañía me prestó un jersey de lana por el que le estoy eternamente agradecida.
Una vez reunidos los cuatro, nos montamos en el coche y emprendimos rumbo a Asturias y ahí comenzó mi suplicio. El hermano de mi amiga era el único "macho" en una familia de cuatro y se creía el gallo del gallinero. Yo me había criado entre hermanos, con tres mayores que yo y uno más pequeño antes de que naciera mi primera hermana, tenía experiencia en la lucha por la supervivencia entre hombres. La batalla estaba servida. Todavía recuerdo con repulsión su aire de superioridad, su intento de dirigir mi vida y de tomar mis decisiones. Fué mi primer contacto auténtico con el machismo, pero yo estaba vacunada  gracias al respeto y la consideración que mi padre siempre nos había otorgado a mis hermanas y a mí. El viaje fue una sucesión interminable de discusiones que sirvieron para afilar mis uñas dialécticas y para desarrollar en mí una fobia aguda  hacia todo hombre con galones de "machito".
A pesar de todo, el paisaje era de ensueño y el llegar a Caín ,tras andar toda la ruta del rio Cares, fue un climax inimaginable. En ese tiempo Caín todavía era un pueblo aislado, solo había una vía de entrada, un bar y una tienda. Acampamos en un huerto y nos extasiamos con las montañas y las nubes cambiantes. El resto del viaje permanece como una nebulosa en mi recuerdo no sé si porque ya nada de lo que vi superó a lo antes visto o porque la tortura a la que me sometió la compañía provocó un bloqueo en mis recuerdos. Pero a pesar de todo, siguió siendo un viaje inolvidable.



sábado, 16 de enero de 2010

MIS FUENTES

Siempre he pensado que soy única y especial, que las experiencias vividas y los sentimientos que han hecho aflorar me han forjado como soy, que mis decisiones han marcados hitos en mi historia personal y en la de los que me rodean. Siempre he asumido el mérito o demérito como propio pero a medida que pasan los años veo con mayor claridad mis fuentes, los manantiales, las influencias que me inundaron y me impulsaron en momentos clave de mi vida. Son influencias que llegan suavemente y pasan inadvertidas pero que ejercen presión hacia un punto, hacen variar el cauce y acaban formando parte intrínseca del mismo.

También mi pasión por los viajes mana de esas fuentes y las primeras influencias la ejercieron mis padres.

Mi madre siempre ha sido una mujer valiente, dispuesta a cruzar media España con sus nueve hijos para que mi padre viera a su familia al menos una vez al año. A ella le encanta viajar y siempre aprovechábamos el viaje a Pinilla para conocer otras ciudades de España: Segovia, Salamanca, Soria, Ávila...fueron regalos que descubrimos juntos. Puede parecer tonto, hoy día todo el mundo se mueve, viaja, pero en los años 60 y 70 era de lo menos frecuente, al menos en mi entorno. De hecho, nosotros fuimos los primeros andaluces que vieron en Pinilla del Valle y los únicos durante muchos años.
Hoy, cuando hay quien se asombra de que con nuestro monovolumen y nuestras tres niñas exploremos y crucemos Europa durante todo un mes, yo pienso en mis padres y sonrío para mí, porque aquello sí que era asombroso , valiente y casi loco….

Mi padre influyó en mí de manera más sutil. Él no era especialmente viajero, pero amaba la Historia y en cada edificio, iglesia o monumento nos contaba una historia de la Historia. Era un apasionado de la Edad Media y un mundo de caballeros y castillos, armas, pendones y banderas, reyes e hidalgos poblaban sus historias. Hazañas y combates se iban derramando por los rincones de la ciudad mientras la descubría para nosotros. En los blasones y escudos de las fachadas nos enseñaba heráldica, en las iglesias y catedrales estilos arquitectónicos. Con el Gótico que nos impulsa al cielo, con lo recargado del Barroco y la elegancia del Renacimiento, con la inexpresividad del Románico, con el exotismo del Mudéjar me hizo ver el mundo con otros ojos y contribuyó a engancharme para el resto de mi vida al llamado “Turismo de Piedra”. Así pues, el Alcázar de Segovia se convirtió para mí en un palacio de princesas y la muralla de Ávila en un castillo interminable.
Mi padre se sentía integrado en la Historia: los que luchaban, construían o colonizaban eran nuestros antepasados y nosotros teníamos la obligación de transmitir esa Historia y engrandecerla con nuestros actos. Él sin duda lo hizo y engrandeció mi vida.
Hay un poema suyo que siempre me ha emocionado porque muestra esa pasión además de su profundo amor hacia nosotros.Es mi homenaje.

MI BLASÓN

                           
                               A mis nueve hijos.

En mi escudo han brotado nueve flores
blancas, rojas, azules y amarillas.
Rosas fuertes de todas las Castillas;
Llamaradas de todos los colores..

Duros surcos abiertos con sudores,
acunaron la gleba en cien semillas,
y rompieron en broncas maravillas,
con el sol del amor de mis amores.

Levantad a los cielos la frontera,
altas torres de estirpe castellana,
que ha sonado en el cálido regazo
de vuestra alma ojival y sevillana,
el anuncio de nueva primavera,
vida, fuego y corona de mi abrazo


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