domingo, 13 de mayo de 2012

NÁPOLES


La Campania es una entrañable  mezcla de belleza, descuido, suciedad y encanto. A lo largo de estos días que he recorrido sus carreteras, sus ciudades, sus museos y sus paisajes no he podido dejar de sentirme divertida, extasiada, escandalizada, asombrada o enternecida.
Ayer pasamos el día en la playa, en Massa Lubrense. El plan era ir a Sorrento donde tomaríamos el barco a Capri,  pero treinta kilómetros de retención para entrar en la ciudad nos disuadieron de la idea original. Es asombroso que en un pais como Italia, mucho más rico que España y con grandes infraestructuras en el norte y centro del país, haya al menos una provincia en la que el 80 % de sus carreteras sean de una sola vía sin arcén. Los peatones caminan  por el borde de la calzada, por el lado derecho, como si prefirieran no ver al coche que va a atropellarlos por la espalda y en cualquier recta, una vendeja, incita a los compradores a parar en medio del único carril, interrumpiendo el ya lento transcurrir del tráfico.
Al final,disfrutamos de preciosos paisajes, vistas espectaculares y una playa pequeña, llena de guijarros pulidos sobre los que era imposible caminar sin zapatos y en la que había que pagar. A pesar de eso, mis niñas se divirtieron mucho.
Hoy hemos ido a Nápoles la tercera ciudad de Italia después de Roma y Milán. Nuestro objetivo era el Museo Arqueológico Nacional, donde se atesoran las joyas encontradas en Pompeya y Herculano entre otras. También aspirábamos a poder ver al menos una panorámica de la ciudad.
La entrada fué bastante decepcionante ya que accedimos por un barrio de fealdad suprema. Supongo que equivocaríamos el camino porque era un barrio gris, de edificios destartalados y sucios, decorados con persianas desvencijadas y ropa multicolor colgada de ventanas y balcones. A lo lejos sin embargo, se divisaban altos rascacielos, brillantes al sol,que lanzaban destellos plateados. Sabíamos que en el centro de la ciudad se alojaba un casco antiguo considerado patrimonio de la humanidad y que bajo nuestros pies todo un universo de túneles, canales y grutas se ocultaba. A medida que nos adentrábamos en la ciudad pensaba que Nápoles se parecía a una ostra: debes abrir y eludir una fea concha para poder llegar a la resplandeciente  perla que se oculta en su interior. Pero a través de su fealdad, Nápoles nos otorgaba detalles bellos a medida que nos zambullíamos en ella.
Nos adentramos en la ciudad por una avenida de cuatro carriles, adoquinada, que al recorrerla te producía una extraña sensación: al deslizarte por su superficie te daba la impresión de te habías trasladado al interior de una batidora tal era el ruido que producían los neumáticos al pasar sobre ellos y el balanceo al que nos veíamos sometidos en el interior del coche; pero al fijarte en la superficie no podías dejas de admirar el dibujo que formaban los adoquines: arcos entrelazados con maestría como si el constructor hubiera desenterrado de sus genes el amor por los mosaicos de sus antepasados.
Bellos edificios tachonados de objetos discordantes o grises bloques humanizados por el color de la colada tendida al sol, se íban sucediendo mientras nos aproximábamos al centro.
Contínuamente los contrastes me golpeaban :
Junto a la estación, la Piazza Garibaldi es una plaza de grandes dimensiones a la que hay que recorrer como si de un laberinto se tratara siguiendo una vía oculta trazada entre altas vallas que tratan de ocultar una obra gigantesca. Es curioso que uno nunca piensa qué aspecto debe tener una obra, pero en este caso, los sentimientos de desorden, descoordinación y caos que despertaba eran abrumadores, y estaban unidos a  una sensación de permanencia, como si la obra llevara  una eternidad y fuera a permanecer allí todavía durante una buena temporada.
En un edificio, dos atlantes sostenían con todos sus músculos contraídos por el esfuerzo, un balcón gigantesco. Lo contorsionado de sus cuerpos reflejaba un esfuerzo titánico,  pero sus pechos estaban cubiertos de una capa de polvo tan espesa y de tanto tiempo, que los transformaban en  peludos varones de pelo en pecho, arrancándoles de golpe todo rasgo de divinidad.
Por todas partes se vislumbraban detalles bellos, deseosos de ser captados por una cámara,  pero siempre acompañados de una valla, un andamio, una tela, un montón de basura o una capa de polvo. Es como si los napolitanos quisieran compartir con los turistas tan sólo retazos de la belleza que alberga su ciudad y la ocultaran tras suciedad y desorden, pero seguros  de que éstos, seguirán llegando desde todas partes del mundo para echarle un vistazo a sus tesoros. Y es cierto, porque por nada del mundo me hubiera perdido la visita al Museo Arqueológico Nacional.


Al salir del museo tratamos de llegar al puerto para visitar los dos castillos, el Nuovo y el de Ovo, pero un nuevo atasco de hora y media nos quitó las ganas y enfilamos hacia Pimonte con tan sólo una larga mirada al Castel Nuovo mientras, atrapados en el coche, esperábamos a que la larga fila avanzara....









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