viernes, 11 de marzo de 2016

LA VUELTA

Esta mañana nos despedimos de  Pimonte rumbo al aeropuerto de Capodichino. Dada la experiencia adquirida durante esta semana salimos con dos horas de antelación esperando retenciones o complicaciones a la hora de devolver el coche alquilado. En efecto, tuvimos dificultades, pero para encontrar el aeropuerto. El GPS se empeñaba una y otra vez en llevarnos a un núcleo urbano y los carteles nos paseaban de una avenida a otra sin que por ello tuviéramos un atisbo del aeropuerto. Y es que solemos estar acostumbrados a que autovías o grandes avenidas nos conduzcan hasta los aeropuertos internacionales, pero en Nápoles hasta eso es diferente, llegar al aeropuerto resultó ser todo un ejercicio de adivinación.
La escala en Barcelona era de varias horas y nos dió tiempo para hacer los deberes no acabados, para leer el periódico o para acabar los cuadernos de viaje. En mi caso, me dió tiempo a hacer balance del viaje y,al concluir que me había encantado, reflexionar sobre por qué más que en otros viajes . Y es que
el imperio romano siempre ha ejercido una morbosa  fascinación  sobre mí .
Tal vez la iniciaron las películas que veía de niña, como Ben Hur o Quo Vadis con las esplendorosas legiones, las emocionantes carreras de cuádrigas , las espeluznantes luchas entre gladiadores o la inerme postura de los cristianos ante los leones del  circo.
 Tal vez la potenciaron las visitas a Itálica y al museo arqueológico de Sevilla acompañada de mis padres  donde los mosaicos se  me asemejaban a complicados rompecabezas que mostraban figuras y cabezas extrañas y exóticas.
 Todo se aderezó  a medida que crecía con lecturas como los últimos días de Pompeya que recreaba todo ese mundo cotidiano de grandeza y mezquindad ,de opulencia y esclavitud, de gladiadores, templos, ambición, codicia o celos. El final trágico que se intuía desde el título del libro impulsaba aún más a paladear los detalles, las descripciones...


Con el tiempo comencé a viajar, a descubrir edificios esplendorosos , supervivientes aislados en un océano de modernidad: el acueducto de Segovia, el teatro de Mérida hasta llegar a Roma, la cuna del imperio. En Roma el Foro, dentro de su grandeza, no dejaba de ser un leve alzado de un plano de ruinas de dónde se habían escapado incólumes grandiosas columnas y un par de arcos de triunfo.


Me impactó el gigantesco anfiteatro Flavio o Coliseo, las termas de Caracalla y sobretodo el Panteón,un templo romano rescatado de la demolición y del expolio por la Santa Madre Iglesia tras convertirlo al cristianismo.



Pero con Pompeya, todos los edificios, grandes y pequeños, tomaban su lugar en el plano de la ciudad, con sus tres dimensiones y recorriendo calles y aceras, bebiendo en fuentes, llegabas de uno a otro. Se integraron en un todo y me dieron perspectiva, permitiéndome al mismo tiempo entrar en el día a día de sus moradores:



pasear por el atrio de sus casas, pasar a sus dormitorios, pisar y admirar sus suelos, detener mi mirada en los frescos que observaban cuando comían, mirar los mismos techos por los que vagaba su mirada antes de soplar la lamparilla y dormir...Me apoyé en el mostrador de su bar y me senté en las gradas de su teatro allí donde lo hacían los ciudadanos prominentes y acaricié al pasar la cabeza de un sufrido hombre de piedra que, de rodillas, sostenía sobre sus hombros toda la carga de los siglos.
Y de pronto, en toda esa red tridimensional, ahora ya había no sólo edificios, sino que dentro  de éstos había habitaciones, atrios, patios y jardines de plantas aromáticas y huertos repletos de vides.. y también engranándose en un todo, las puertas, divanes y ventanas, celosías ,vestuarios y taquillas, las vajillas, las cacerolas, las marmitas, las lucernas, bullas, altares familiares... esculturas de bronce y mármol para adornar salones y jardines....amuletos, símbolos , tinajas para el vino, estanterías para las tinajas...molinos para el grano, hornos para el pan...templos para dioses con pebeteros para el fuego... y joyas, pendientes, brazaletes y anillos...Y con un fogonazo, adorné las paredes, por dentro , con frescos de bellos colores y zócalos de tonos rojizos y por fuera, con grafittis, pintadas de campaña electoral o carteles con el nombre de los comercios. Metí el grano en sus tinajas y éstas en los almacenes del puerto y en la puerta Marina...anclado los barcos. Y por último,insuflándoles un hálito de vida renacen los cuerpos petrificados, con sus facciones personales , únicas y reconocibles,su altura exacta, su corpulencia o su fragilidad...y con sus propias ropas,túnicas y sandalias...y hasta su peinado...
En este viaje un hechizo ha levantado un reino caido y me ha trasladado a él para que lo viva, lo sienta, lo explore y lo paladee y lo disfrute.
¡ Viva por siempre Pompeya!




















































































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