domingo, 9 de mayo de 2010

PORTUGAL

Con 15 años y con el primer sueldo que cobré por ayudar en un comedor escolar, me compré una Bicicleta de paseo, BH, con un manillar curvo y grandes ruedas. Aún recuerdo el placer que me inundó cuando salí de la tienda con el manillar entre mis manos y el suave arrullo del piñón nuevo al rodar. A partir de ese momento se convirtió en mi medio de  transporte , me llevaba al instituto, me acercaba al lugar  de las citas y me trasladaba a casa, tarde en la noche, cuando volvía de  las fiestas del Instituto San Isidoro. Nunca tuve problemas y me permitió una libertad de movimientos poco habitual a esa edad. Mi bicicleta me acompañó durante años hasta que, ya en la facultad se la regalé a mi hermana y la sustituí por una Yamaha 600. Traición imperdonable, pero comprensible. Me arrepentí durante mucho tiempo de haberla regalado.
Así pues, con el entrenamiento de años a la espalda,
no dudé en embarcarme en un viaje en bicicleta de Sevilla a Lisboa.
 Era 14 de julio, acababa de cumplir 21 años y mi novio se había ido el día anterior a la obligada mili. Un año de separación que se me presentaba insufrible y la sensación de opresión y de peligro ante la situación, amenazaban con ahogarme. La propuesta de mi amiga fue una tabla de salvación en el desolado océano afectivo que se había abierto ante mí. Como siempre, un viaje y una aventura, me inyectaron la alegría necesaria para encarar la separación con optimismo. Me zambullí de lleno en los preparativos, fuí al banco a sacar el dinero ahorrado, le coloqué un transportín a la bicicleta de carreras que me había prestado mi hermano y me apañé unas alforjas para poder llevar la ropa y los enseres imprescindibles.
El dia 16 de Julio a las 8 de la mañana partimos desde el punto de encuentro en la estación de Córdoba. Éramos seis, cuatro chavales a los que no conocía más que de vista, mi amiga Susi, que salía con uno de ellos y yo. El objetivo era recorrer 80 kilómetros diarios en el menor tiempo posible y pasar el resto del día descansando y haciendo turismo.

El primer día fue horrible, teníamos que llegar a Higuera de la Sierra y todo eran cuestas. Jamás me olvidaré de  ese día . Eran las tres de la tarde y con un calor de muerte y a pleno sol, nos tocó subir la peor parte del camino, por supuesto a pie y tirando de la bicicleta cuesta arriba. El campo estaba muy seco y escaseaban las sombras donde pararse a descansar y... el agua estaba tan caliente que era imposible beberla. Fue tan horrible que me arrepentí de haber ido y estaba planteándome el volver. Los demás no iban mejor y cuando llegamos a Higuera estábamos asfixiados. Nos dimos una comilona y estuvimos tres horas sentados recuperando fuerzas. Sentía  que el corazón  se me salía del pecho y a las dos horas aún tenía 98 pulsaciones por minuto.Tras la pausa continuamos hasta Aracena, el paisaje se suavizó, se volvió mas verde, el aire más húmedo y no había que subir tantas cuestas.Llegamos volando pero muertos de cansancio. Bebimos hasta hartamos, comimos y, ya repuestos y tras montar las tiendas de campaña, nos fuimos a recorrer Aracena. Me gustó mucho pero era tarde y me quedé con las ganas de ver la Gruta de las Maravillas. Por la noche, en una cafetería, hablamos largamente hasta la hora de dormir, ellos más que yo,que observaba más que hablaba: me gustaban, eran chavales abiertos y con ganas de compartir pero chocaban de frente con mi reserva y esto provocó ciertos roces a lo largo del viaje.

El día siguiente fue maravilloso y compensó los sinsabores del día anterior: todo era cuesta abajo y el aire,fresco y lleno de aroma a campo, acariciaba mi rostro cuando descendía a toda velocidad. El pecho se me expadía tratando de retener el aire y una sensación de felicidad me inundaba cuando sentía mi  cuerpo responder al esfuerzo. Debían de ser las endorfinas que el ejercicio había volcado en grandes cantidades por mi torrente sanguíneo. En hora y media habíamos hecho 50 kilómetros y tan sólo nos quedaban 10 para llegar a la frontera.
El viaje tenía también pequeños sinsabores: el sillín de la bici era duro y a los dos días el trasero me dolía horrores, lo mismo que las agujetas: ningún entrenamiento previo podía evitar eso. Me sentía sucia, no abundaban los campings, los lagos, los ríos, ni las piscinas, así que nuestra higiene se limitaba al cambio de ropa y al lavado que puedes hacerte en el servicio de una cafetería. Además, corríamos tanto que la belleza de campos y pueblos pasaba como una película ante nosotros, pero tan rápida que apenas la disfrutabas un segundo y ya había desaparecido.

A veces, cuando parábamos a descansar, conseguía cazar retazos de esa belleza y la atrapaba en las cartas que le escribía a mi Amor, prisionero en un cuartel y del que no tenía noticias. Recuerdo una parada a la sombra de un olivo, un árbol viejo y retorcido que se inclinaba hacia abajo cobijándonos entre sus ramas. Sus raices eran gruesas y sobresalían de la tierra y entre ellas nos tumbamos a escuchar a Simon and Garfunkel. Unas hormigas molestas se empeñaban en ascender por mis brazos y piernas hasta el papel en que escribía y mis soplidos las apartaban sólo el tiempo que tardaban en subir de nuevo. Las chicharras nos acompañaban con su canto monótono hasta que, sin razón aparente, callaban, dejando tras de sí una sensación súbita de paz.
Esa noche llegamos a Torräo y acampamos a las afueras del pueblo, al borde de un lago. Encendimos una hoguera y en torno a ella  analizamos los sucesos del día, los planes para el día siguiente y el carácter y las relaciones interpersonales en el grupo. Todos me acusaban de estar distante...de no integrarme, pero mi razonamiento era que yo no podía hacer amigos en tan sólo tres días. Los pobres tenían razón, era tímida, desconfiada, distante y además, abstraida en mis pensamientos, no mostraba interés por formar parte del grupo.Y lo malo es que creía que me daba igual.
Por la mañana fuimos a un taller a que nos arreglaran los radios de las bicis y emprendimos el camino hacia Lisboa a la 6 de la tarde.

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