sábado, 28 de abril de 2012









AMALFI
Hoy decidimos recorrer la Vía Amalfitana. Son los 19 kilómetros que separan Amalfi de Positano  y que son Patrimonio de la Humanidad… ¡como privarnos de esa maravilla!
Elegimos la ruta de la montaña, más corta y con seguridad, más interesante. Las montañas de esta zona tienen un curioso aspecto, como si una mano gigante hubiera tomado sus faldas y apretado hasta arrugarlas, formando pliegues verticales, profundas grietas que se tapizan de una vegetación tan espesa que parece musgo. Los árboles que cubren la montaña tienen el verde brillante de las hojas recién estrenadas y se funden con las pinceladas de color de las flores primaverales.
Sin prisas y ansiosos de disfrutar del paisaje, iniciamos el ascenso de las montañas. Atravesamos varios pueblos, de tráfico caótico, sin mayores sobresaltos. Cuando llegamos a la cima un paisaje sobrecogedor nos golpeó dejando todos nuestros sentidos atrapados: un azul infinito se extendía ante nosotros,  el turquesa del cielo pintaba su línea en contraste con el zafiro del mar. El sol derramaba destellos de oro sobre toda la superficie y el verde de la costa se sumergía  a veces en forma de acantilado, de forma abrupta, bruscamente, y otras  como una lengua, suave y lánguidamente… Pequeñas islas rompían en algunos puntos la infinita calma del mar. Una brisa fresca nos acariciaba y una mezcla de olores a mar y flores llegaba hasta nosotros. ¡ El placer del Paraíso debe ser algo parecido  a esto…!



Comenzamos el descenso extasiados y a los cinco minutos estábamos sobrecogidos pero no por la belleza del lugar…¡sino por el peligro de la carretera!  Imaginad una S interminable, con vueltas y vueltas, a la que presionáramos en vertical acercándolas tanto que los tramos entre vueltas se hacen paralelos. Al entrar en cada curva nos esperaba una sorpresa…un coche a toda velocidad invadiendo parte de la calzada…un autobús cargado de turistas que apenas podía tomar la curva sin echarnos fuera…un camión cargado de productos tóxicos que nos obligó a parar y cederle el paso …y otro camión,  y otro y otro…También atravesábamos pueblecitos cargados de encanto pero llenos de coches mal aparcados y de … motoristas suicidas. ¡De lo más emocionante! Cuando llegamos a la Vía Amalfitana la adrenalina corría a raudales por nuestras venas y hacía los colores más intensos y más dulce el olor del mar.




Amalfi es un pueblecito lleno de color, con una bella Catedral que lo domina todo desde su altura. Bullía de turistas. Dimos un paseo y nos tomamos un rico helado artesanal…













Amalfi, Atrani, Conca de Marini, Praiano y…Positano todos pasaron ante nuestros ojos unos colgados de la roca y otros tapizando colinas que lamían el mar pero todos recortando su silueta contra el azul inmenso. Quedan grabadas en mi retina las cúpulas coloridas de las iglesias, el blanco, rosa  y crema de las casas impresas sobre el verde de las montañas y el oro infinito del sol en el horizonte.








Positano está enclavado en una ladera de la montaña enseñando su bella cara al mar.Recorrimos sus calles retorcidas e inclinadas, y sus escaleras...en busca de la playa. Como  buen pueblo de costa, sus calles están llenas de tiendas coloridas y pérgolas de madera cubiertas de enredaderas las inundan de frescor y aroma a flores.


Hoy le he dado un festín a mis sentidos...



jueves, 26 de abril de 2012

POMPEYA

Nada de lo que había visto o escuchado sobre Pompeya  me había preparado para el impacto que he sentido al conocerla. No podía imaginar toda una ciudad, de miles de habitantes cada uno con su casa, miles de casas alineadas en calles con su calzada de gigantescas piedras, piedras heridas y marcadas por el paso de cientos de carros, con sus aceras elevadas y sus pasos de peatones.
Caminaba por sus calles mirando de reojo decenas de casas anónimas, en busca de los templos, llenos de altares, estatuas y símbolos; de las mansiones de los ciudadanos ricos, con sus columnas, sus jardines, sus estucos y sus frescos; del gigantesco Foro, con sus arcos de triunfo y sus edificios oficiales; de los teatros grandiosos y de acústica impecable; de la inmensa Palestra, del anfiteatro... 




A medida que caminaba y caminaba y veía lo inimaginable, me iban invadiendo sentimientos encontrados.
 Por una parte me sentía maravillada, como si de golpe me hubiera trasladado al cuento de la bella durmiente y entrara en un castillo dormido durante dos mil años. Ver el horno de la tahona, el mostrador de la taberna, los grafitis de las paredes, las tinajas, las mesas de los jardines, las pinturas de los salones, los decorados de las columnas, las camas de los prostíbulos y los dibujos eróticos que veían los clientes, las letrinas, los fogones…y los rostros de los antiguos moradores de la ciudad...algunos contorsionados, otros sonrientes, pero con sus rasgos marcados: sus narices aguileñas o sus prognatismos mandibulares; unos delgados, casi caquécticos, otros musculosos...



Por otro lado me invadían sentimientos de impotencia y de estafa. Me sentía impotente porque no podía abarcar todo lo que la ciudad mostraba y porque jamás vería lo que no mostraba y que se perdería para siempre. Me resultaba doloroso ver como piezas y edificios que en cualquier país del mundo estarían en museos con todas las medidas de seguridad aquí estaban sin protección: mosaicos desgranados cuyas teselas estaban al alcance de cualquiera que quisiera un souvenir de hace 2000 años, pinturas sometidas al contínuo bombardeo de los flashes, relieves de cornisas y columnas medio enterrados y sometido a la intemperie…Es como una maldición: tener un tesoro tan grande que no puedas protegerlo de los ladrones…
Me sentía estafada porque nada de lo que había ido a visitar durante años se aproximaba siquiera a la maravilla que supone Pompeya. He recorrido la ciudad como si de una actual se tratase y sé llegar desde la Puerta Marina, antes al borde del mar, hasta el templo de Apolo o al de Isis, sé ir al Foro, a las termas o a visitar a Menandro, sé ir a la panadería, al prostíbulo o al cementerio…y ¿cuantos lugares hay en el mundo como éste, en que el tiempo ha pasado sin dañar? El volcán destruyó, pero evitó otra  destrucción, la provocada por la incultura, el expolio y las guerras. Extendió un manto protector sobre edificios y enseres y nos dejó un retrato de costumbres y personas. 



                                        Aunque sólo sea por eso GRACIAS VESUVIO.







VIAJE A NÁPOLES 24 DE ABRIL A 1 DE MAYO DE 2012

VIAJANDO


Con el corazón acelerado inicio el martes 24 mi viaje a la Campania, provincia italiana donde residen mis objetivos: Pompeya, Herculano, La Via Amalfitana, Nápoles, Sorrento...Llevo mi maleta llena de planes, mi imaginación llena de visiones de paisajes absorbidos en internet, de parajes idealizados a partir de fotos...Siempre me ha asombrado cómo una imagen es capaz de despertar en mí el anhelo de viajar y cómo hasta que llego al lugar, aspiro su aliento, me sumerjo en sus sonidos, me impregno de sus detalles...no cede ese deseo.
Vuelo de Sevilla a Barcelona y tras un par de horas de espera...a Nápoles. Mis niñas no han sido muy latosas, por lo que desembarcamos de buen humor. Tras recoger el coche de alquiler...partimos hacia Pimonte. Es un pueblecito sin más mérito que el de estar en el centro de la península Sorrentina .He alquilado un piso con tres dormitorios en una casa con jardín privado, fundamental para que mi chiquita pueda retozar sin peligro. Me siento aliviada porque todas las reservas hechas desde hace meses por internet han funcionado.
Pasamos la tarde explorando el lugar, aprovisionando la despensa, organizando la casa...Mañana iremos a Pompeya.

domingo, 9 de mayo de 2010

PORTUGAL

Con 15 años y con el primer sueldo que cobré por ayudar en un comedor escolar, me compré una Bicicleta de paseo, BH, con un manillar curvo y grandes ruedas. Aún recuerdo el placer que me inundó cuando salí de la tienda con el manillar entre mis manos y el suave arrullo del piñón nuevo al rodar. A partir de ese momento se convirtió en mi medio de  transporte , me llevaba al instituto, me acercaba al lugar  de las citas y me trasladaba a casa, tarde en la noche, cuando volvía de  las fiestas del Instituto San Isidoro. Nunca tuve problemas y me permitió una libertad de movimientos poco habitual a esa edad. Mi bicicleta me acompañó durante años hasta que, ya en la facultad se la regalé a mi hermana y la sustituí por una Yamaha 600. Traición imperdonable, pero comprensible. Me arrepentí durante mucho tiempo de haberla regalado.
Así pues, con el entrenamiento de años a la espalda,
no dudé en embarcarme en un viaje en bicicleta de Sevilla a Lisboa.
 Era 14 de julio, acababa de cumplir 21 años y mi novio se había ido el día anterior a la obligada mili. Un año de separación que se me presentaba insufrible y la sensación de opresión y de peligro ante la situación, amenazaban con ahogarme. La propuesta de mi amiga fue una tabla de salvación en el desolado océano afectivo que se había abierto ante mí. Como siempre, un viaje y una aventura, me inyectaron la alegría necesaria para encarar la separación con optimismo. Me zambullí de lleno en los preparativos, fuí al banco a sacar el dinero ahorrado, le coloqué un transportín a la bicicleta de carreras que me había prestado mi hermano y me apañé unas alforjas para poder llevar la ropa y los enseres imprescindibles.
El dia 16 de Julio a las 8 de la mañana partimos desde el punto de encuentro en la estación de Córdoba. Éramos seis, cuatro chavales a los que no conocía más que de vista, mi amiga Susi, que salía con uno de ellos y yo. El objetivo era recorrer 80 kilómetros diarios en el menor tiempo posible y pasar el resto del día descansando y haciendo turismo.

El primer día fue horrible, teníamos que llegar a Higuera de la Sierra y todo eran cuestas. Jamás me olvidaré de  ese día . Eran las tres de la tarde y con un calor de muerte y a pleno sol, nos tocó subir la peor parte del camino, por supuesto a pie y tirando de la bicicleta cuesta arriba. El campo estaba muy seco y escaseaban las sombras donde pararse a descansar y... el agua estaba tan caliente que era imposible beberla. Fue tan horrible que me arrepentí de haber ido y estaba planteándome el volver. Los demás no iban mejor y cuando llegamos a Higuera estábamos asfixiados. Nos dimos una comilona y estuvimos tres horas sentados recuperando fuerzas. Sentía  que el corazón  se me salía del pecho y a las dos horas aún tenía 98 pulsaciones por minuto.Tras la pausa continuamos hasta Aracena, el paisaje se suavizó, se volvió mas verde, el aire más húmedo y no había que subir tantas cuestas.Llegamos volando pero muertos de cansancio. Bebimos hasta hartamos, comimos y, ya repuestos y tras montar las tiendas de campaña, nos fuimos a recorrer Aracena. Me gustó mucho pero era tarde y me quedé con las ganas de ver la Gruta de las Maravillas. Por la noche, en una cafetería, hablamos largamente hasta la hora de dormir, ellos más que yo,que observaba más que hablaba: me gustaban, eran chavales abiertos y con ganas de compartir pero chocaban de frente con mi reserva y esto provocó ciertos roces a lo largo del viaje.

El día siguiente fue maravilloso y compensó los sinsabores del día anterior: todo era cuesta abajo y el aire,fresco y lleno de aroma a campo, acariciaba mi rostro cuando descendía a toda velocidad. El pecho se me expadía tratando de retener el aire y una sensación de felicidad me inundaba cuando sentía mi  cuerpo responder al esfuerzo. Debían de ser las endorfinas que el ejercicio había volcado en grandes cantidades por mi torrente sanguíneo. En hora y media habíamos hecho 50 kilómetros y tan sólo nos quedaban 10 para llegar a la frontera.
El viaje tenía también pequeños sinsabores: el sillín de la bici era duro y a los dos días el trasero me dolía horrores, lo mismo que las agujetas: ningún entrenamiento previo podía evitar eso. Me sentía sucia, no abundaban los campings, los lagos, los ríos, ni las piscinas, así que nuestra higiene se limitaba al cambio de ropa y al lavado que puedes hacerte en el servicio de una cafetería. Además, corríamos tanto que la belleza de campos y pueblos pasaba como una película ante nosotros, pero tan rápida que apenas la disfrutabas un segundo y ya había desaparecido.

A veces, cuando parábamos a descansar, conseguía cazar retazos de esa belleza y la atrapaba en las cartas que le escribía a mi Amor, prisionero en un cuartel y del que no tenía noticias. Recuerdo una parada a la sombra de un olivo, un árbol viejo y retorcido que se inclinaba hacia abajo cobijándonos entre sus ramas. Sus raices eran gruesas y sobresalían de la tierra y entre ellas nos tumbamos a escuchar a Simon and Garfunkel. Unas hormigas molestas se empeñaban en ascender por mis brazos y piernas hasta el papel en que escribía y mis soplidos las apartaban sólo el tiempo que tardaban en subir de nuevo. Las chicharras nos acompañaban con su canto monótono hasta que, sin razón aparente, callaban, dejando tras de sí una sensación súbita de paz.
Esa noche llegamos a Torräo y acampamos a las afueras del pueblo, al borde de un lago. Encendimos una hoguera y en torno a ella  analizamos los sucesos del día, los planes para el día siguiente y el carácter y las relaciones interpersonales en el grupo. Todos me acusaban de estar distante...de no integrarme, pero mi razonamiento era que yo no podía hacer amigos en tan sólo tres días. Los pobres tenían razón, era tímida, desconfiada, distante y además, abstraida en mis pensamientos, no mostraba interés por formar parte del grupo.Y lo malo es que creía que me daba igual.
Por la mañana fuimos a un taller a que nos arreglaran los radios de las bicis y emprendimos el camino hacia Lisboa a la 6 de la tarde.

lunes, 8 de marzo de 2010

GALICIA

Una de las ventajas de ser estudiante es la de disponer de dos maravillosos meses de vacaciones aunque, entre las desventajas y uno de los mayores sacrificios de esa época estaba  el tener que renunciar a esas maravillosas tardes de primavera ,en las que el aire venía cargado de esencias de azahar y las golondrinas llenaban  mis oídos con los sonidos de sus graznidos mientras las observaba danzar en el aire, sintiendo en mi ánimo la efervescencia bulliciosa de la gente que disfrutaba en la plaza a la que se asomaba mi ventana. En esos momentos odiaba ser estudiante y haciendo un esfuerzo titánico conseguía anclarme a la silla y controlar la tentación de zambullirme en la tarde gloriosa , dejando aparcado el inminente examen. Pero las vacaciones  eso sí, eran largas y llenas de aventuras.

Tras la experiencia del Chorro que nos supo a poco, un grupo de insaciables decidimos organizar un viaje a Galicia en autostop. La idea era ir en tren hasta Zamora y a partir de allí hacer autostop y senderismo y recorrer Galicia. Al principio éramos unos diez, pero poco a poco la cifra iba mermando, unos por falta de dinero y otros por falta de permisos paternos, al final sólo quedamos cuatro, dos chavales, Susi mi inseparable amiga y yo. Así que, cargada con 25 kilos en la mochila, unas chirucas recién compradas y grandes espectativas, emprendí mi viaje a Galicia. Cuando llegamos a El Lago de Sanabria después de largas caminatas ya odiaba las botas y las latas que llevaba a la espalda, pero me encantaban los paisajes y la novedad constante. Fue un viaje largo, del 16 de Julio al 12 de septiembre pero la eterna lluvia de Galicia no se ensañó con nosotros.Tras pasar unos días acampados junto al lago, bañándonos, montados en hidropedales o tumbados al sol y ya recuperados de las primeras caminatas desde Zamora y la Puebla de Sanabria, iniciamos el ascenso, por una escalera de grapas en la roca,  en busca del Cabeza de Manzaneda, el pico más alto de la zona. Hay dos situaciones de las que disfruté en ese viaje y que se han perdido para siempre: una, el hacer autostop con sensación de seguridad, sensación se perdió en este pais tras el asesinato de las niñas de Alcasser y la otra, la posibilidad de acampar allí donde cogiera el ocaso, fuera en montañas, prados o playas, o junto a lagunas , ríos o manantiales ,privilegio que pasó a la historia con la popularización del senderismo y la creación de espacios protegidos. Con nuestro mapa en ristre,  pateamos la sierra de Orense buscando su cima y durante dos días anduvimos perdidos entre pastos húmedos y roquedos castigados por el viento. El tercer día, la lluvia que hasta entonces había sido bondadosa con nosotros, desató su furia en medio de un páramo donde un pastor cuidaba de sus ovejas.

Muy amablemente nos indicó la ruta a seguir para encontrarnos de nuevo con la civilización y para llegar a un refugio que usaban los pastores de la zona y donde podíamos pasar la noche que se adivinaba húmeda. Después de días durmiendo sobre el aislante y el saco de dormir, la gran cama del refugio nos supo a gloria y por fin,  después de tres días, disfrutamos de un buen fuego y una comida caliente. A la mañana siguiente vislumbramos retazos  de civilización , un pastor con su rebaño de cabras... vacas pastando en verdes prados... una anciana vestida de negro con su pañuelo en la cabeza y cargada con un hatillo de leña...Eran reductos de una Galicia profunda que me encantó conocer  y que están condenados a desaparecer. La anciana, que debía de hablar un gallego cerrado que no había quien entendiera, nos indicó cómo llegar a la aldea más cercana, que estaba en fiestas y donde resultamos ser los primeros forasteros que aparecían en meses .

Los días pasaban con su dulce cadencia, nos levantábamos y tras desayunar recogíamos las tiendas, llenábamos las mochilas  y salíamos a descubrir el mundo siguiendo los planes trazados la noche anterior. Hacíamos autostop de dos en dos y quedábamos citados en el siguiente punto, un pueblo, ciudad o sendero. Tras reencontarnos comentábamos con animación las conversaciones mantenidas con el conductor de turno y visitábamos el nuevo pueblo, donde nos reaproviosinábamos, o cogíamos el sendero hacia el siguiente punto. Viana do Bolo, Puebla de Trives, Fonmiña, Santiago de Compostela, O Grove, Vigo y Tuy fueron hitos en nuestro viaje. Por senderos, caminos o carreteras, a pie, en coche o en barco, fuimos disfrutando de sus paisajes, conociendo sus pueblos, sus monumentos, su gente. Al atardecer buscábamos un camping, un prado o un huerto en el que montar las tiendas. Siempre contamos con la amabilidad de los gallegos que incluso,  en ocasiones,  nos invitaban a cenar en su casa. Aún recuerdo una cocina grande, cálida y acogedora, con su horno de leña y el olor a comida y  hierbas aromáticas y la música de la charla de nuestros anfitriones que se interesaban por nuestras correrías y nos ilustraban sobre sus costumbres y gastronomía.

Permanece   entre mis recuerdos una noche de lluvia en que nos ofrecieron un granero para dormir. Nos pareció de lo más bucólico y  estábamos    entusiasmados por dormir en el heno. Tras acostarnos cómodamente entre el heno, con su aroma llenándolo todo, a salvo de la lluvia que rugía fuera, nos dispusimos a dormir. Al ratito un cosquilleo progresivo se iba expendiendo por cuello, brazos, piernas....¡el maravilloso heno estaba lleno de ácaros y todo tipo de bichos que corrían libremente por nuestra piel!.Eso le quitó la mayor parte de su encanto.

Aunque no he vuelto nunca a Galicia mantengo un recuerdo nítido de sus bosques, de sus prados húmedos, del color intenso del cielo en las puestas de sol y de la belleza del mar en las Rías y, sobre todo, recuerdo
el placer de descubrir en cada recodo un paisaje inédito, la alegría de decidir mi destino cada día y la satisfacción de haber logrado arrancarle momentos maravillosos a la monotonía.

domingo, 7 de febrero de 2010

El TERCER GRADO

Mi adolescencia fue una búsqueda interminable de un grupo donde encajar , donde integrarme. Intento tras intento fracasaba por dos causas fundamentales, la falta de intereses comunes y la timidez.

Para mi época yo era rara, tenía una afición casi obsesiva por la lectura; me encantaba hacer  deporte,   de todo tipo y  constantemente; no me gustaba ir a los bares, beber cerveza o fumar; al vivir rodeada de varones no desarrollé el gusto por  conversaciones o complicidades típicamente femeninas y sobre todo y lo más alienante... no me interesaba la música. Siempre he sido incapaz de retener la letra de una canción, puedo recordar la melodía pero nunca la letra y por supuesto ,recordar a los cantautores, cantantes, álbumnes o Lps siempre ha estado por encima de mis capacidades y eso,  me condenaba al papel de eterna oyente y por tanto a la exclusión.
 La Timidez fue otra de mis cruces. La timidez es una cárcel de los sentimientos, una rienda para las experiencias, una condena que llena de frustración al que la sufre. Por suerte, como todas las condenas, se acaba con el tiempo, se va diluyendo y al final acaba por desaparecer o al menos se mantiene bajo control aunque, como un tercer grado , te recuerde que está ahí y que tienes que volver a prisión de vez en cuando aunque sea momentáneamente. Cuando pasa, deja tras de sí un reguero de experiencias no vividas , de conversaciones no charladas, de  personas no conocidas, un reguero de Nadas.
Esa etapa a pesar de su dureza me aportó otras habilidades, me dio otras contrapartidas. La dificultad para relacionarme me llevó a desarrollar mi  independencia, a sentirme a gusto a solas, aunque anhelara estar con los demás. Al carecer de la facilidad de hablar, me dedicaba a escuchar, observar y aprender y eso me dio un sexto sentido, desarrolló en mí una intuición sobre el carácter de las personas que me ha sido de gran utilidad a lo largo de mi vida. Desarrollé  también la capacidad de ponerme en el lugar de los otros y de comprender sus sentimientos porque vivía los míos como una herida abierta. Aprendí a encajar  las críticas con serenidad, porque no había crítica o disección que no  me hubiese  hecho a mí misma con anterioridad.

Aunque abandoné el tercer grado hace años, todavía recuerdo la ansiedad  que sentía al ver una reunión donde  tenía que integrarme, la incertidumbre de si sería bien acogida, el temor a no saber qué decir, el arrepentimiento por haber dicho algo que creía inadecuado , la secuela de autocríticas... También recuerdo el momento mágico en que descubrí que no es que yo fuera rara, sino que no casaba con la mayoría y que no es que no supiera de qué hablar, sino que no me interesaban esos temas de conversación. Fue un gran descubrimiento y también una liberación.
Entonces comenzó una nueva etapa, comencé a salir con grupos que compartían conmigo dos tipos de intereses: los deportes y los viajes. Y con ellos me embarqué en maravillosas aventuras.
La primera de todas la viví en el viaje al Pantano del Chorro .Lo maravilloso no fue acampar durante días a la orilla del pantano viendo ocasos y amaneceres reflejados en sus aguas, sino el camino que utilizamos para llegar allí. Tras llegar en tren a la estación del Chorro iniciamos una caminata hasta la entrada prohibida al Caminito del Rey. Un cartel anunciaba claramente que estaba PROHIBIDO EL PASO porque el camino estaba ruinoso y había peligro de desprendimientos. Despreciando todos los avisos, nos adentramos en la pasarela. No tenía más de un metro de ancho y parecía fuerte: construida sobre una estructura de hierro, en casi todas partes sustentaba un suelo de cemento y al principio del camino una barandilla nos acompañaba. A medida que  avanzábamos en fila india por el camino ,comencé a tomar conciencia de toda la dimensión de la situación: estaba a cien metros sobre el suelo encima de una plataforma ruinosa ; arriba un trocito de cielo se enmarcaba entre dos paredes verticales de trescientos metros; abajo, el río brillaba con reflejos verdes y azules en varias pozas , talladas en piedra caliza ,que levantaban al cielo brazos afilados como cuchillos; delante, el camino se extendía apareciendo y desapareciendo con cada curva, deparándonos nuevas sorpresas. Pronto desapareció la barandilla y llegaron tramos en que el cemento estaba ausente permitiéndome mirar el lejano río, entre mis pies ; en otros sólo la estructura de hierro y la pared de la garganta nos permitían el paso. Durante tres kilómetros la adrenalina agudizó mis sentidos, me hizo cuidar cada paso que daba, cada movimiento que hacía, pero también grabó a fuego en mi memoria el tacto de la piedra  caliza, los juegos de luces en el rio , o la fascinación que me provocaba mirar al abismo desde un lugar seguro.
Los días allí pasaron entre baños diurnos con charlas interminables, comidas de latas compartidas, paseos de kilómetros al atardecer hasta llegar al bar-tienda más cercano, fuegos de campamento donde compartíamos reflexiones sobre la vida y la muerte, se contaban anécdotas y se ensalzaba o denostaba el amor, según la experiencia de cada uno. Recuerdo el olor dulzón  de la flor del Eucalipto, la expectación ante la puesta de sol inminente, la sensación del aire nocturno en mi piel mientras tumbada sobre mi saco de dormir miraba el cielo estrellado ...y escucho de nuevo el rasgar de la guitarra  y la voz que canta con aire melancólico el unicornio azul de Silvio Rodríguez.

jueves, 28 de enero de 2010

LA MONTAÑA RUSA

La adolescencia es una edad difícil. Es una época de sufrimiento y descubrimiento. El sufrimiento  de pasar por una trituradora  todo, nuestra imagen infantil del mundo y de nuestras habilidades ante él; la idolatría hacia nuestros padres y su infalibilidad ; la aceptación de nuestro cuerpo, de su belleza o carencia de ella; la relación con los amigos y las amigas....Tras ese proceso vamos construyéndonos de nuevo como un mosaico ,con las teselas de nuestras  habilidades rescatadas ,de nuestras virtudes reconocidas , de nuestras capacidades  constatadas y con las de nuestros defectos, los superados y los insuperables y  con las de nuestras carencias, reemplazables o inalcanzables ...Después comienza el descubrimiento, nos toca mirar el mosaico creado, familiarizarnos con él, aceptar el conjunto y las partes... y acabar amándolo y gustándonos como adultos.
Recuerdo esa época como una montaña rusa interminable en la que un día estaba en el cielo y al día siguiente en el suelo y siempre acompañada de una sensación de vértigo. El proceso, aunque doloroso sirvió para hacerme más fuerte aunque por nada del mundo quisiera vivirlo de nuevo. Sin embargo fue en esa época cuando descubrí en mí una afición intensa por el senderismo y la acampada y un amor por la Sierra que nunca  me ha despertado el Mar. El tumbarme al pie de un árbol y observar el hipnótico movimiento de sus ramas, escuchar el canto de los pájaros o admirar las estrellas en  la noche fueron placeres que le arranqué a las acampadas de entonces.

Con 18 años recién cumplidos, con cientos de consejos de mis padres  y una mochila, me subí a un tren rumbo a León. Iba sola porque allí, en un pueblecito minúsculo, íba a encontrarme con una amiga que pasaba allí sus vacaciones. Después se nos unirían su hermano y un amigo de éste para llevarnos a Asturias y hacer la ruta del Cares.
De esa experiencia aprendí dos lecciones inolvidables: que siempre es preferible llevar abrigo de más que de menos y que hay que elegir con cuidado a los compañeros de viaje o éste puede hacérsete insufrible.
No recuerdo haber pasado más frío en toda mi vida: acampada sola en un prado en los alrededores del pueblo, metida en el saco con toda la ropa que llevaba, puesta y sintiendo el aire colarse por cada resquicio de la tienda...Yo, ignorante de mi, viniendo de una Sevilla a 40º C no podía imaginar que en León me haría falta un anorak de plumas...Sin embargo nunca podré olvidar la lluvia de estrellas en la noche de San Lorenzo , el olor a hierba húmeda o el sonido del ganado moviéndose en la noche...
Después llegó Juanillo con su tienda y además de compañía me prestó un jersey de lana por el que le estoy eternamente agradecida.
Una vez reunidos los cuatro, nos montamos en el coche y emprendimos rumbo a Asturias y ahí comenzó mi suplicio. El hermano de mi amiga era el único "macho" en una familia de cuatro y se creía el gallo del gallinero. Yo me había criado entre hermanos, con tres mayores que yo y uno más pequeño antes de que naciera mi primera hermana, tenía experiencia en la lucha por la supervivencia entre hombres. La batalla estaba servida. Todavía recuerdo con repulsión su aire de superioridad, su intento de dirigir mi vida y de tomar mis decisiones. Fué mi primer contacto auténtico con el machismo, pero yo estaba vacunada  gracias al respeto y la consideración que mi padre siempre nos había otorgado a mis hermanas y a mí. El viaje fue una sucesión interminable de discusiones que sirvieron para afilar mis uñas dialécticas y para desarrollar en mí una fobia aguda  hacia todo hombre con galones de "machito".
A pesar de todo, el paisaje era de ensueño y el llegar a Caín ,tras andar toda la ruta del rio Cares, fue un climax inimaginable. En ese tiempo Caín todavía era un pueblo aislado, solo había una vía de entrada, un bar y una tienda. Acampamos en un huerto y nos extasiamos con las montañas y las nubes cambiantes. El resto del viaje permanece como una nebulosa en mi recuerdo no sé si porque ya nada de lo que vi superó a lo antes visto o porque la tortura a la que me sometió la compañía provocó un bloqueo en mis recuerdos. Pero a pesar de todo, siguió siendo un viaje inolvidable.