domingo, 7 de febrero de 2010

El TERCER GRADO

Mi adolescencia fue una búsqueda interminable de un grupo donde encajar , donde integrarme. Intento tras intento fracasaba por dos causas fundamentales, la falta de intereses comunes y la timidez.

Para mi época yo era rara, tenía una afición casi obsesiva por la lectura; me encantaba hacer  deporte,   de todo tipo y  constantemente; no me gustaba ir a los bares, beber cerveza o fumar; al vivir rodeada de varones no desarrollé el gusto por  conversaciones o complicidades típicamente femeninas y sobre todo y lo más alienante... no me interesaba la música. Siempre he sido incapaz de retener la letra de una canción, puedo recordar la melodía pero nunca la letra y por supuesto ,recordar a los cantautores, cantantes, álbumnes o Lps siempre ha estado por encima de mis capacidades y eso,  me condenaba al papel de eterna oyente y por tanto a la exclusión.
 La Timidez fue otra de mis cruces. La timidez es una cárcel de los sentimientos, una rienda para las experiencias, una condena que llena de frustración al que la sufre. Por suerte, como todas las condenas, se acaba con el tiempo, se va diluyendo y al final acaba por desaparecer o al menos se mantiene bajo control aunque, como un tercer grado , te recuerde que está ahí y que tienes que volver a prisión de vez en cuando aunque sea momentáneamente. Cuando pasa, deja tras de sí un reguero de experiencias no vividas , de conversaciones no charladas, de  personas no conocidas, un reguero de Nadas.
Esa etapa a pesar de su dureza me aportó otras habilidades, me dio otras contrapartidas. La dificultad para relacionarme me llevó a desarrollar mi  independencia, a sentirme a gusto a solas, aunque anhelara estar con los demás. Al carecer de la facilidad de hablar, me dedicaba a escuchar, observar y aprender y eso me dio un sexto sentido, desarrolló en mí una intuición sobre el carácter de las personas que me ha sido de gran utilidad a lo largo de mi vida. Desarrollé  también la capacidad de ponerme en el lugar de los otros y de comprender sus sentimientos porque vivía los míos como una herida abierta. Aprendí a encajar  las críticas con serenidad, porque no había crítica o disección que no  me hubiese  hecho a mí misma con anterioridad.

Aunque abandoné el tercer grado hace años, todavía recuerdo la ansiedad  que sentía al ver una reunión donde  tenía que integrarme, la incertidumbre de si sería bien acogida, el temor a no saber qué decir, el arrepentimiento por haber dicho algo que creía inadecuado , la secuela de autocríticas... También recuerdo el momento mágico en que descubrí que no es que yo fuera rara, sino que no casaba con la mayoría y que no es que no supiera de qué hablar, sino que no me interesaban esos temas de conversación. Fue un gran descubrimiento y también una liberación.
Entonces comenzó una nueva etapa, comencé a salir con grupos que compartían conmigo dos tipos de intereses: los deportes y los viajes. Y con ellos me embarqué en maravillosas aventuras.
La primera de todas la viví en el viaje al Pantano del Chorro .Lo maravilloso no fue acampar durante días a la orilla del pantano viendo ocasos y amaneceres reflejados en sus aguas, sino el camino que utilizamos para llegar allí. Tras llegar en tren a la estación del Chorro iniciamos una caminata hasta la entrada prohibida al Caminito del Rey. Un cartel anunciaba claramente que estaba PROHIBIDO EL PASO porque el camino estaba ruinoso y había peligro de desprendimientos. Despreciando todos los avisos, nos adentramos en la pasarela. No tenía más de un metro de ancho y parecía fuerte: construida sobre una estructura de hierro, en casi todas partes sustentaba un suelo de cemento y al principio del camino una barandilla nos acompañaba. A medida que  avanzábamos en fila india por el camino ,comencé a tomar conciencia de toda la dimensión de la situación: estaba a cien metros sobre el suelo encima de una plataforma ruinosa ; arriba un trocito de cielo se enmarcaba entre dos paredes verticales de trescientos metros; abajo, el río brillaba con reflejos verdes y azules en varias pozas , talladas en piedra caliza ,que levantaban al cielo brazos afilados como cuchillos; delante, el camino se extendía apareciendo y desapareciendo con cada curva, deparándonos nuevas sorpresas. Pronto desapareció la barandilla y llegaron tramos en que el cemento estaba ausente permitiéndome mirar el lejano río, entre mis pies ; en otros sólo la estructura de hierro y la pared de la garganta nos permitían el paso. Durante tres kilómetros la adrenalina agudizó mis sentidos, me hizo cuidar cada paso que daba, cada movimiento que hacía, pero también grabó a fuego en mi memoria el tacto de la piedra  caliza, los juegos de luces en el rio , o la fascinación que me provocaba mirar al abismo desde un lugar seguro.
Los días allí pasaron entre baños diurnos con charlas interminables, comidas de latas compartidas, paseos de kilómetros al atardecer hasta llegar al bar-tienda más cercano, fuegos de campamento donde compartíamos reflexiones sobre la vida y la muerte, se contaban anécdotas y se ensalzaba o denostaba el amor, según la experiencia de cada uno. Recuerdo el olor dulzón  de la flor del Eucalipto, la expectación ante la puesta de sol inminente, la sensación del aire nocturno en mi piel mientras tumbada sobre mi saco de dormir miraba el cielo estrellado ...y escucho de nuevo el rasgar de la guitarra  y la voz que canta con aire melancólico el unicornio azul de Silvio Rodríguez.

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