jueves, 31 de diciembre de 2009

EL PRINCIPIO

Desde pequeña siempre me han dicho que soy una llorona y debe ser cierto porque lloro con cuanta película lacrimógena se me pone por delante. Según me cuenta mi tío Paco que tuvo la desgracia de compartir coche conmigo, me pasé 11 horas llorando en mi primer viaje de Sevilla a Madrid cuando tenía 6 meses. Así que mi gusto por los viajes no debe ser congénito, sino adquirido.


Después de ése hubo muchos viajes a Pinilla del Valle un pueblecito de la Sierra de Madrid donde nació mi padre y al que se llegaba después de 11-12 horas de suplicio en un Milquinientos cargado con siete niños y dos adultos, por una carretera nacional 4 de un solo carril, llena de curvas y camiones a 30 por hora. Para mí es imborrable el recuerdo de Despeñaperros a paso de tortuga detrás de un camión, con alguno de mis hermanos pequeños sentado entre mis piernas dormido encima de mí o a punto de vomitar y la sensación de nausea subiendo por mi garganta impulsada con cada curva que tomaba el coche .Porque a diferencia de ahora, podíamos ir seis niños en la parte posterior de un coche: tres mayores llevaban a tres pequeños entre las piernas y un afortunado iba delante, entre mis padres ya que el Seat 1500 tenía un asiento delantero corrido. No había ni cinturones de seguridad ni sillitas adaptadas. Era digna de verse la cara de la gente cuando se abrían las puertas del coche y no paraban de salir niños. Para cuando la familia se amplió a 9 ya mi madre se había comprado el primer Renault 5 que llegó a Sevilla e íbamos en caravana con los dos coches.

A pesar de todo siempre me encantaba ir a Pinilla, allí yo era LIBRE. Callejeaba por calles sin coches donde podía coger la fruta de los huertos, ponía a navegar barquitos en la cacera ( un canal que recorría el pueblo para llevar el agua de riego a los huertos)o iba a ordeñar vacas al pajar de Julio con el que compartíamos pared y que aportaba a mi casa miles de moscas y un tufillo particular a establo. Otras veces iba a la Era montada en el carro de las vacas , pescaba peces a mano en el rio de detrás de casa , o fabricaba clubs o cabañas entre los robles.

Allí mi padre resplandecía y siempre estaba de buen humor. Recuerdo con nostalgia los largos paseos con mis tíos a los que sólo veíamos entonces .Conocían todos los manantiales de la montaña y no había necesidad de llevar cantimploras. Los localizaban, los limpiaban de sanguijuelas y bebíamos.Recogíamos té en los prados y manzanilla en el camino de la Ermita… Todo era una aventura, todo era nuevo y especial.

Helechos, Robles, Pinos , Cantueso ,musgo, Malvarreal, pantano, ríos, pozas, caceras, montañas, granito, perdernal, pajar, vacas, chotos, ovejas, lagartijas, nubes, tormentas, rayos, truenos, nieve, hielo, chuzos. Allí los conocí, los vi, olí, sentí. Allí los amé y temí y los anhelé cuando no estaba y de ese anhelo surgió el deseo de volver y del deseo de volver el deseo de viajar. Y ese fue el principio.

martes, 29 de diciembre de 2009

EL SÍNDROME DE ABSTINENCIA.

Aveces me pregunto como ha crecido en mi esta necesidad de viajar que necesito como si fuera una droga.Con el paso de los años he conseguido controlar el sindrome de abstinencia pero todavía recuerdo cuando me daban las crisis y la monotonía me abrumaba,borraba todo el colorido del dia a día con una bruma deprimente que me impulsaba a organizar otro viaje.Y vuelvo a sentir como droga corriendo por mis venas la excitación de la aventura,el placer de vivir lo desconocido . Descubrir nuevos paisajes, nuevas formas de pensar, de vivir, de hablar, de ver el mundo. Recrearme en edificios , en bosques , volcanes o selvas impenetrables. Montar en caballo, camello o elefante.Todo me va llenando de energía , de alegría de vivir que me dura meses hasta que vuelve a empezar.
El tiempo me ha enseñado a suavizar la ansiedad pero no ha mitigado el placer de viajar. En vez de viajes locos y arriesgados ahora navego por el mundo civilizado mientras engancho a mis hijas a la misma droga.No tengo remordimientos ,porque viajar abre las fronteras de la mente ,nos hace valorar lo que tenemos y anhelar llegar hasta donde otros llegaron, nos vacuna contra el racismo y la xenofobia y nos enseña a admirar otros pueblos y a otras culturas.
Lo único que me pesa tener que transmitirle a mis hijas es el sindrome de abstinencia.